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Yo no tengo envidia

Rabia, frustración y malestar son algunos de los síntomas de una sensación irracional que nace de una carencia. Quien tiene envidia obsesiva se siente inferior a los demás y compite por conseguir aquello que le falta. La tristeza por el bien ajeno puede llegar a causar depresión, tendencias masoquistas o trastornos psicológicos

 

Desde niños, experimentamos episodios en los que la envidia flota en el aire. El tráfico de dardos envenenados es una constante en el colegio, en las redes sociales, en el grupo de amigos y en la propia familia. Este sentimiento se suele manifestar en forma de críticas, calumnias, manipulación, venganza, callarse halagos, victimización, insultos o incluso agresiones físicas. El deseo de hacer daño al otro es una de las peores formas.

“La envidia decapitadora al estilo de Caín se basa en un odio competitivo. La principal motivación es conseguir algo que el otro tiene y yo no”, explica el psicólogo José Álvarez, presidente de la asociación Mentes Abiertas. Las personas envidiosas idealizan aquello que les falta –desde bienes materiales hasta cualidades muy valoradas: ser sociable, espontáneo, inteligente, atractivo, etc–. “Hay una frustración, porque nunca llegan a conseguir de la forma esperada aquello que valoran como fascinante ”, afirma.

¿Existe la envidia sana?

Hay hipótesis para todos los gustos. Según Álvarez, podemos convertir esta faceta humana en el motor para el avance y la mejora personal. Es el caso de la envidia admirativa: “algunos transforman la sensación de falta en una autoexigencia muy fuerte, para estar a la altura de los valores y modelos que creen lejos de su alcance”. La clave está en saber manejar y gestionar el sentimiento para que no nos dañe.

Cristina Corbella, psicóloga y sexóloga de la clínica Euskalduna, considera que la ‘envidia sana’ no tiene razón de ser:

“En todo caso es admiración, algo que produce placer y nos impulsa a querer conseguir aquello que admiramos. La envidia estropea cualquier disfrute, es fuente de odio y sufrimiento”.

Envidiosos en potencia

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EFE

Todos los seres humanos caen en este pecado capital en algún momento de su vida. Corbella explica que los estímulos sociales llaman nuestra atención desde que venimos al mundo y constituyen la base del aprendizaje: “Tendemos a incorporar lo que nos gusta de otros, y esto nos impulsa a crecer y desarrollarnos. Cuando ese deseo nos lleva a querer dañar a la otra persona, hablamos de envidia”.

Álvarez asegura que nuestro grado de envidia depende de las experiencias propias. Por ejemplo, que un hermano haya sido favorecido frente a otro en la infancia puede repercutir en la intensidad y frecuencia de este sentimiento.

Autoestima en peligro

Carencia y complejo de inferioridad son los ingredientes de un cóctel explosivo con sabor a envidia. Uno de los argumentos del afectado que desea el mal de otra persona podría ser: ‘el vecino siempre me está recordando lo que no tengo, lo que no soy‘. Es decir, el envidioso puede interpretar como un ataque que otra persona destaque en algún aspecto, por pequeño que sea. Esta percepción es inconsciente.

“Cualquier persona con baja autoestima está en riesgo de manifestar alguna forma de envidia. ¿Y a quién no le falta autoestima en algún momento de su vida?”, señala la psicóloga Corbella.

Tenemos envidia en la medida en la que no nos consideramos tan buenos como el resto. “De esa vivencia de ‘los demás son mejores que yo’, está servido el plato para este sentimiento”, apunta José Álvarez.

Efectos negativos

Sentir una envidia muy fuerte refleja que algo no funciona bien en nuestro interior. Estas son algunas de las consecuencias:

  • Sufrimiento y malestar → Se crea un clima interno y externo muy desagradable. Puede aparecer odio entre amigos, novios, familiares o compañeros de trabajo.
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    El presidente de Mentes Abiertas, José Álvarez. EFE

    Sentimiento constante de insatisfacción → La envidia puede construir personalidades masoquistas, propensas a buscar situaciones que generen dolor, “el camino para encontrar la redención”, apunta el psicólogo.

  • Depresión → Sentir que los demás tienen algo que yo nunca voy a tener puede conducir a esta enfermedad. El afectado piensa que nunca será tan bueno como el otro, se instala en la queja y se resigna. “Tiene la creencia de que haga lo que haga, nada va a cambiar, ninguna acción tendrá efectos positivos”, explica Álvarez.
  • Trastornos psicológicos graves → El envidioso puede sufrir desde problemas obsesivos o de ansiedad hasta trastornos de personalidad narcicista, como el que nos cuenta Corbella:

Necesidad de sobresalir: el afectado no desea destacar, lo necesita. Es su medicina para sentirse bien. Este trastorno denota un complejo de inferioridad. “Intento mostrar que soy más que los demás porque tengo la vivencia de que soy menos”, añade Álvarez.

Envidia a raya

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EFE

El paso más importante para controlar el malestar es aceptar que somos envidiosos. Así lo afirma la psicóloga: “Nadie es perfecto, todos tenemos carencias  y algunas cosas que deseamos nunca las vamos a tener”, por ejemplo, ser mucho más alto o tener una mansión en Hawai. El proceso culmina cuando ya no sentimos dolor y estamos en paz con nosotros mismos: “la vía abierta hacia el bienestar y la felicidad”.

José Álvarez secunda el argumento de Corbella y aconseja ser consciente de que existe una o varias carencias. Hay que intentar satisfacer las propios necesidades con los medios que tengamos al alcance, sin pisar a los demás. No obstante, advierte que los sentimientos y emociones no se pueden controlar. Al menos, no del todo.

Según Corbella, “la envidia puede ser una pista de lo que me está faltando en mi vida”. Para combatirla, debemos poner atención en las propias fortalezas, potenciar nuestras virtudes y valorar lo que tenemos antes de que se nos escape.

¿Reconocer mi envidia en público? ¡Jamás!

“La envidia no se acepta en la sociedad. Es vista como algo indigno, muy negativo”, señala Álvarez. Por eso se oculta. Lo mismo ocurre con otras emociones como la tristeza o el miedo. “Social y culturalmente está muy extendido que hay que sonreír a la vida, ser alegre y valiente”, concluye el psicólogo.

 

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