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VIH: Vivir más tiempo, un reto cargado de enfermedades

Los avances terapéuticos han conseguido erradicar la carga viral de las personas con VIH hasta niveles indetectables, y en consecuencia alargarles la vida, pero este vivir más ha provocado que muchos de ellos presenten un envejecimiento prematuro con el consiguiente aumento de enfermedades cardíacas, algunos cánceres, osteoporosis, trastornos hepáticos, renales y cerebrales

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VIH: Vivir más tiempo, un reto cargado de enfermedades
Cartel de las jornada "VIH es:Ir más allá de la Indetectabilidad", patrocinada por Gilead

Para la doctora Rosa Polo, coordinadora del grupo Español de Alteraciones Metabólicas (GEAM) de Madrid, esta realidad va a suponer un reto para todos, porque el reloj biológico de los pacientes con VIH se pone en marcha mucho antes que en la población en general y provoca la aparición de las enfermedades, arriba citadas, más propias de edades avanzadas.

Esta circunstancia ha propiciado además el cambio de las causas de mortalidad, y si hasta hace poco la mayoría de los decesos de las personas con VIH lo eran por SIDA, ahora más de las tres cuartas partes se producen por otros motivos.

Según un estudio holandés se estima que en 2030,  el 75% de la población con VIH será mayor de 50 años. Hoy, en España , la media ronda los 49.

A juicio del doctor Fernando Lozano, del Hospital Universitario Nuestra Señora de Valme (Sevilla), se trata de un dato nada baladí porque traerá aparejado una mayor prevalencia de las citadas comorbilidades (diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares …), por lo que un estilo de vida saludable será primordial para frenar la aparición o el aumento de todas estas dolencias.

Además, el número de medicinas que tiene que tomar un VIH, con el consiguiente incremento de las interacciones farmacológicas, se acrecienta también a medida que avanza la edad.

Expertos en la materia han debatido sobre ello, con ocasión de la jornada organizada por Gilead Sciences “VIH es: ir más allá de la indetectabilidad”, a la que ha asistido EFEsalud para conocer que pasa con los huesos, el corazón y el riñón de estos pacientes.

VIH

Los huesos

Con independencia del VIH , es normal que los huesos se vuelvan gradualmente menos densos, más débiles y frágiles, y cuando se pierde masa ósea más deprisa de lo que el cuerpo puede reemplazar, la afección resultante es la osteoporosis.

Algunos tratamientos antirretrovirales se asocian a una pérdida de hueso más acelerada y la propia infección por VIH también contribuye a una densidad mineral osea más baja.

Otros componentes que incrementan la posibilidad de osteoporosis son la edad, la genética, el tabaco, el bajo peso corporal, bajas concentraciones de testosterona o estrógenos y el consumo de alcohol, así como una nutrición no adecuada.

Los estudios muestran que el 67% de las personas con VIH tiene una densidad mineral osea baja y que el 15% padece osteoporosis.

Según la doctora Rosa Polo, hay estudios que refieren que las personas con VIH tienen un 50% más de probabilidades de presentar un fractura y que ésta alcanza casi el 300 por cien cuando hay una comorbilidad asociada, como es la hepatitis C.

Además, advierte, las proteínas del propio VIH fomentan la disminución de las células encargadas de formar el hueso (osteoblastos) así como el incremento de las células que lo destruyen (osteoclastos).

Y el tratamiento antirretroviral también disminuye la actividad formadora de hueso, lo que provoca alteraciones en la estructura del hueso, el aumento de fragilidad osea y el incremento de la suceptibilidad de fracturas .

Todos los estudios ilustran diferencias significativas de fractura de hueso entre la población en general y las personas con VIH, y estas diferencias se acrecientan con la edad.

Para hacer frente a todo ello, la doctora recomienda el ejercicio físico, la alimentación rica en lácteos y fruta, y dieta mediterránea; y sobre todo tomar el sol, porque el sol es fuente de Vitamina D.

EFE/Handout
EFE/Handout

El corazón

Los cambios que se producen en el corazón y en los vasos sanguíneos normalmente aparecen con la edad de manera que el corazón tiene que trabajar más intensamente a medida que envejecemos.

Paralelamente hay desencadenantes que suponen una presión para el corazón como son algunos medicamentos, el estrés emocional, el ejercicio físico no controlado, el tabaquismo, el abuso del alcohol, una alimentación rica en grasa o la enfermedad.

Y si además se tiene VIH, el peligro de padecer dolencias ligadas al corazón se acrecienta.

Para el doctor Vicente Estrada del Hospital Clínico de San Carlos (Madrid), la salud cardiovascular va a demandar en los próximos años mucha atención médica. En general , el 40% de las personas que se muere en Europa fallece por enfermedad cardiovascular, por lo que se trata de un problema clínico “relevante”.

En cuanto a la población con VIH, esta afección es todavía más frecuente y las estadísticas muestran cómo los VIH tienen una vez y media más un mayor riesgo de tener infarto de miocardio que la población en general.

La edad es también un agente de riesgo. A más años, mayor posibilidad de infarto de miocardio. El tabaco también es malo y en las personas con VIH es “notablemente superior” este hábito.

En relación a los lípidos, son otra causa de riesgo tradicional y aunque los fármacos han mejorado notablemente, hay una proporción importante de pacientes que tienen problemas con los lípidos, y entre un 10 y un 15 % de pacientes que tiene niveles altos de colesterol.

Tampoco hay que perder de vista la hipertensión, un elemento de riesgo de primera magnitud que sin embargo no es más frecuente en personas con VIH que en la población en general, y es más prevalente con el deterioro de la función renal o acompañando a la diabetes y a la obesidad.

La hepatitis C es asimismo una fuente de inflamación crónica y las personas que la sufren tienen mayor riesgo de dolencia coronaria.

“Otro factor es la depresión. Se sabe desde hace años que las personas que se encuentran deprimidas tiene mayor riesgo de enfermedad cardiovascular. Y hay que tener en cuenta que la prevalencia de depresión en personas con VIH es mucho mayor.”

 Foto Clínica Cemtro.
Foto Clínica Cemtro.

El riñón

Independientemente del estado de salud de las personas con VIH, la mayoría de las funciones corporales se deterioran gradualmente a lo largo de la vida y los riñones no son una excepción.

El riñón, de acuerdo con el doctor José Sanz Moreno, del Hospital Universitario Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares (Madrid), es un órgano diana que sufre bastante en pacientes infectados por diversas razones.

La enfermedad renal afecta hasta el 16% de la población general en todo el mundo y a menudo se debe a la presión arterial elevada, a la diabetes o a las afecciones del sistema inmunitario como el lupus, la hepatitis, el VIH, o también a las drogas, la edad, la herencia genética y la raza.

La dolencia renal aqueja a largo plazo a una de cada tres personas con VIH y la presencia de hipertensión y diabetes, que son factores de riesgo de esta enfermedad, son frecuentes en las personas con el virus.

Otros elementos de riesgo son tener una carga viral alta, valores bajos de linfocitos CD4 y estar infectado por el virus de la hepatitis C. El peligro de enfermedad renal también aumenta con algunos de los fármacos que se utilizan para tratar el VIH, pero no con todos ellos.

Se estima que el 30% de las personas con VIH muestran signos de que sus riñones no funcionan normalmente. En términos globales estos pacientes, aunque estén bien por el mero hecho de ser seropositivos tienen cuatro veces más riesgo de padecerla que la población seronegativa .

Advierte este especialista que los fármacos también inciden en el deterioro renal y “siempre se paga un peaje de toxicidad” cuando se toma un medicamento. Por otro lado, en los VIH el propio virus incide negativamente en el riñón.

Al mal renal crónico se llega desde la hipertensión, la diabetes o el VIH, entre otros, y desde el daño renal se llega o otras dianas como el daño óseo y el daño coronario, y la causa principal de muerte de los enfermos renales es padecer un infarto, independientemente de que el paciente sea seropositivo o no.

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