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Sanitarios contagiados por coronavirus: Impotencia y lágrimas

Impotencia y tristeza. Esos son los sentimientos generalizados de Jaime, María, Ana y muchos otros de sus compañeros sanitarios contagiados por tener que quedarse en casa y no poder ayudar en hospitales y residencias en un momento crítico.

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Personal sanitario sale al exterior del hospital Marqués de Valdecilla el 23 de marzo para agradecer el apoyo de la ciudadanía por su trabajo en la lucha contra el coronavirus. EFE/Pedro Puente Hoyos

Son algunos de los 3.910 médicos, enfermeras y otros trabajadores de la sanidad contagiados por el coronavirus, casi un 12 por ciento del total de afectados en toda España según los datos oficiales conocidos este lunes.

“¡Claro que nos preocupa nuestra propia salud y la de nuestra familia! Pero ahora lo que más te afecta es sentirte inútil después de hablar con tus compañeros que te cuentan su día a día y no poder estar con ellos”.

Así se expresa María, auxiliar de enfermería del hospital 12 de Octubre de Madrid y que lleva ya cuatro días recluida en casa tras dar positivo por el COVID-19.

Se le escapan las lágrimas cuando narra que muchas personas, sobre todo ancianos, más allá de su estado de salud, sufren por no poder contar con la compañía de familiares y sólo pueden encontrar cariño en un personal sanitario desbordado.

Jaime, un médico residente de pediatría

La impotencia que afirma sentir es compartida por Jaime, que en su cuarto año como médico residente en la especialidad de pediatría ha tenido que dejar temporalmente su labor en el madrileño hospital Puerta de Hierro debido a que también ha dado positivo por coronavirus.

“Estoy bien. Tengo un poco de tos, pero ya me van sabiendo algo las comidas y voy oliendo. Inicialmente no lo noté y fue luego cuando me di cuenta de que no olía ni me sabían a nada las cosas”, relata el joven, otro de los sanitarios contagiados.

Ante esos síntomas, evitó todo contacto con pacientes, llamó a quienes tenía citados a consulta, se hizo la prueba y se fue a casa a la espera de un resultado que confirmó posteriormente que había contraído la enfermedad.

La impotencia que dice sentir Jaime se ha acrecentado con su baja porque ya tenía algo de ese sentimiento al ver cómo compañeros de otras especialidades tenían mucho más trabajo que él desarrollando su tarea en pediatría.

Al lamento de no poder ayudar durante unas semanas se suma también su argumento de que estar en el centro hospitalario en estos momentos supone un añadido a su formación porque “te vas enterando de cosas, de qué hay que hacer o poner en determinados casos”.

“Es una oportunidad para formarte algo más y coger algo de experiencia”, recalca antes de comentar que habla por teléfono con sus compañeros y le van contando cómo está la situación y cómo muchos de ellos del área de pediatría están ayudando ya en la atención a adultos.

Y con la esperanza de poder volver cuanto antes, resume: “Se trata de un sentimiento de impotencia porque voy a ser menos útil por estar en casa”.

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Los trabajadores de Urgencias del HUCA en Oviedo, agradecen las muestras de apoyo de la ciudad con motivo del coronavirus. EFE/ Alberto Morante

Ana, enfermera en una residencia de mayores

Coincide con ello Ana, enfermera en una residencia de ancianos perteneciente a la Comunidad de Madrid y que se queda también al borde del llanto al comentar la situación que están viviendo en muchos de estos centros.

Reconoce que es duro el panorama diario en ellos, pero no tiene ninguna duda de que donde más le gustaría estar ahora es en su lugar de trabajo y no confinada en su casa, donde vive sola, hasta que supere el contagio que certificó el pasado viernes.

“En un momento en el que necesitas hacer más piña que nunca, te sientes inservible porque te gustaría estar con tus compañeros al pie de cañón. Y también -prosigue- junto a los ancianos que necesitan más cariño y atención que nunca ante la ausencia de visitas de sus familiares”.

Para ella, va a haber un antes y un después en muchas cosas. Entre ellas la percepción de los profesionales sanitarios, pero desconfía que una vez pasado el tiempo no se atiendan demandas y necesidades que considera que no admitían dilación antes incluso de la pandemia.

Pero apostilla: “Eso vendrá después. Ahora toca volcarse y mi dolor es estar aparcada unas semanas sin poder arrimar el hombro”.

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