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La pérdida de olfato por la covid podría tardar hasta tres años en recuperarse

La pérdida total de olfato como síntoma generado por la covid, la llamada anosmia, podría tardar hasta tres años en recuperarse, según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN). El 60% de los pacientes hospitalizados por covid-19 desarrollan sintomatología neurológica y un 12% de los pacientes post-covid tienen secuelas neurológicas, las más frecuentes son la cefalea y la llamada “niebla mental”

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EFE/EPA/ERIK S. LESSER

Según la Sociedad Española de Neurología (SEN), la pérdida de olfato por covid, además de ser un síntoma de buen pronóstico, es uno de los síntomas más habituales en personas jóvenes, en mujeres y en personas con algún tipo de afección neurológica previa.

En la mayoría de los casos, esta anosmia se produce por la afectación de neuroepitelio olfativo y, en aquellos casos en las que la pérdida de olfato se prolonga más en el tiempo se cree que podría deberse a la neurodegeneración producida por las neuronas sensitivas-olfativas para evitar que el SARS-CoV-2 invada el sistema nervioso central, como mecanismo de defensa.

Los pacientes se suelen recuperar de esta pérdida de olfato entre la segunda y octava semana, aunque en algunos casos esta recuperación puede llevar hasta tres años.

Si además de anosmia se desarrolla parosmia (distorsiones en el sentido del olfato, generalmente mal olor) también es síntoma de un buen pronóstico.

Estas son algunas de las conclusiones que se debatieron en el 2º Congreso Nacional Covid-19, el principal encuentro científico sobre el coronavirus en España organizado por 80 sociedades científicas y que se celebró online la pasada semana.

El  SARS-CoV-2 tiene varias vías para producir afectación neurológica:

  • Por invasión directa del virus en el sistema nervioso central a través de tres vías: la olfatoria, por el líquido encefalorraquídeo o por el torrente sanguíneo. “Pero parece anecdótica y poco probable”,  señala en un comunicado Pere Cardona Portela, neurólogo del Hospital Universitari de Bellvitge.
  • Por la respuesta inmune:  la autoinmunidad también podría haber jugado un papel que podría explicar algunos de los también pocos casos que se han dado del síndrome Guillain-Barré o de desmielinización autoinmune cerebral.
  • La principal vía de entrada es por afectación indirecta: bien como respuesta inflamatoria (lo que se ha llamado tormenta de citoquinas), procesos cerebrovasculares por coagulopatía y/o daños sobre el endotelio vascular o miocárdico, o bien por complicaciones secundarias.

Síntomas neurológicos de la covid

Uno de los últimos estudios que se han realizado hasta la fecha señala que el 60% de los pacientes hospitalizados por COVID tuvieron síntomas neurológicos, aunque en el 85% de los casos fueron síntomas leves e inespecíficos.

“A lo largo de estos meses se han reportado en pacientes con COVID-19 numerosos síntomas neurológicos como dolor muscular, encefalitis, encefalopatías, mielitis, crisis epilépticas, neuropatías,… Pero los más reseñables por su alta prevalencia fueron la pérdida de olfato y las cefaleas y, por su gravedad, los accidentes cerebrovasculares, como los ictus isquémicos, ictus hemorrágicos, o trombosis venosas cerebrales que se han producido”, según  Jesús Porta, neurólogo del Hospital Clínico de Madrid y vicepresidente de la SEN.

Cefalea

Se ha descrito un tipo de dolor de cabeza muy específico y asociado al virus: de características opresivas, que empeora con la actividad y los movimientos de cabeza, que despierta por la noche a un 33% de los pacientes y que en ocasiones se acompaña de hipersensibilidad.

Es una cefalea que se parece a la migraña, aunque los pacientes que ya padecían migraña, la identifican como un dolor de cabeza distinto.

Se cree que los episodios de cefaleas pueden ser debidos a la tormenta de citoquinas y que entre un 10-20% de los pacientes COVID-19 que desarrollaron esta sintomatología pueden desarrollar una cefalea crónica, aunque aún se están analizando los factores que puede incidir para que se cronifique.

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EFE

Ictus

Menos frecuente, pero mucho más graves, son los casos de ictus que se han dado en pacientes covid-19.

Diversos estudios ya señalan que, en pacientes hospitalizados, existe un incremento de riesgo de ictus por covid de alrededor de un 1-2% en el caso de ictus isquémicos y de un 4% en las trombosis venosas cerebrales, que si bien suelen ir asociados a la gravedad de la infección, tienen un peor pronóstico: algunas series internacionales destacan que la mortalidad por ictus en personas con COVID alcanza el 59%.

“En nuestro centro, el 1,4% de pacientes con covid-19 ingresados desarrollaron ictus y con peor pronóstico ya que el 74% de los supervivientes desarrollaron discapacidad funcional. Y si bien la mortalidad no alcanzó al 59%, sí al 35% de nuestros pacientes, un porcentaje mucho más alto de lo que habitualmente manejamos”, explica Francisco Hernández, neurólogo del Complejo Hospitalario Universitario de Albacete.

El síndrome post-covid

Un reciente estudio realizado en España señala que el 51% de pacientes que ha sobrevivido a la covid han desarrollado secuelas que pueden prolongarse incluso doce meses.

Los síntomas neurológicos alcanzan a un 12% de los pacientes post-covid y entre ellos destacan sobre todo la cefalea y los problemas cognitivos (la llamada “niebla mental”).

Aunque también son muy habituales otros no exclusivamente neurológicos como pueden ser la fatiga o el dolor muscular: más del 50% de los pacientes que han pasado la covid-19 presentan fatiga y trastornos del sueño. Además, el dolor de cabeza, la fatiga y el dolor muscular figuran entre las secuelas más persistentes.

“En el caso de la pérdida de olfato, aunque la gran mayoría de los pacientes se suelen recuperar antes de la octava semana, sabemos por virus semejantes que recuperarse de la anosmia puede alargarse hasta los 3 años. También estimamos que entre un 10 y un 20% de las cefaleas por covid-19 se cronifican, es decir, que generan dolor de cabeza más de 15 días al mes”, según el doctor Jesús Porta.

Por otra parte los expertos señalan la posibilidad de que, en un futuro, muchos pacientes que han estado en la UCI tengan una reducción en la reserva neuronal que les causará problemas neurológicos de distinta sintomatología. En todo caso, es altamente improbable que esto suponga una epidemia futura de enfermedades neurológicas.

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