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La nostalgia por la “antigua realidad”, por Pedro Gargantilla

“La COVID-19 nos ha alejado de Ítaca, de nuestra zona de confort, y nos ha adentrado en nuevos escenarios en los que lidiamos con espectadores desconocidos: mascarillas, distancias de seguridad, guantes de látex, geles hidroalcohólicos… Nos hemos dado cuenta de que quizás, sólo quizás, “antes” éramos felices y no lo sabíamos”. Artículo para EFEsalud del doctor Pedro Gargantilla.

doctor pedro gargantilla
EFE/EPA/CHAMILA KARUNARATHNE

El doctor Pedro Gargantilla, profesor de Medicina en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid y jefe de Medicina Interna del Hospital de El Escorial (Madrid), escribe este artículo sobre la incertidumbre de la situación que vivimos y el sentimiento de nostalgia y añoranza.

También es autor de una veintena de libros divulgativos como “Historia curiosa de la Medicina” o “Las enfermedades que cambiaron la historia”, además de una novela “El médico judio”.

La nostalgia por la “antigua realidad”

Por Pedro Gargantilla

“Si hubiera que resumir con una única palabra este nuevo tiempo que nos ha tocado vivir esa sería, muy posiblemente, “nostalgia”. Este vocablo nos remite a la pena, la melancolía, el recuerdo. Si hay un personaje que encarna la nostalgia en la literatura griega, ese es Odiseo, el héroe que, tras veinte años de guerra, regresó a su hogar.

La COVID-19 nos ha alejado de Ítaca, de nuestra zona de confort, y nos ha adentrado en nuevos escenarios en los que lidiamos con espectadores desconocidos: mascarillas, distancias de seguridad, guantes de látex, geles hidroalcohólicos… Nos hemos dado cuenta que quizás, sólo quizás, “antes” éramos felices y no lo sabíamos.

La nostalgia nos transporta a la añoranza, que no es otra cosa, que la tristeza provocada por estar lejos de nuestra patria y de nuestros seres queridos. El término fue acuñado hace relativamente poco tiempo -en 1688- por un médico suizo, el doctor Johannes Hofer, cuando presentó su tesis doctoral en la Universidad de Basilea.

En ella explicaba que algunos miembros de la guardia suiza presentaban un comportamiento triste y apesadumbrado cuando estaban lejos de sus hogares, un abatimiento que desaparecía de forma presurosa cuando regresaban a su casa.

No en balde,el término nostalgia está formado por los vocablos griegos nostos –regreso- y algos –dolor-, literalmente podríamos traducirlo como el “dolor por regresar”. Una de nuestras principales necesidades en las semanas de confinamiento fue la de abrazarnos. ¡Lo que habríamos dado en aquellos momentos por fundirnos en un abrazo!

epidemia coronavirus
El doctor y profesor Pedro Gargantilla/Foto cedida por él

Ese es el pasado. El dibujo del presente está lleno de incertidumbres. Las calles de nuestras ciudades y pueblos se tiñen de miedo, una sensación que modula nuestro comportamiento y nos hace ser diferentes. Nuestra principal zozobra se centra en no vivir una segunda oleada o, al menos, no sufrirla con la intensidad de la primera.

A golpe de tweet, de ondas radiofónicas o de avances televisivos asistimos impertérritos a nuevos rebrotes. Desde que el 18 de junio el número de casos tocó su suelo (ciento cuarenta y tres) el mapa de nuestro país no ha dejado de desdibujarse en forma de pequeños incendios epidemiológicos.

Cada vez es mayor el número de provincias en las que el número de casos se incrementa, haciéndonos dudar si no hemos entrado realmente en una segunda oleada.

Con todos estos datos debemos vaticinar el futuro inmediato. Hay tres parámetros que pronostican que la segunda oleada va a ser diferente: el primero, la velocidad en la detección de los casos; el segundo, el perfil clínico de los infectados y, por último, el conocimiento que hemos adquirido del enemigo vírico.

Toda la sociedad es consciente de que la oleada se aproxima, la intuimos, pero es más progresiva y controlada, disponemos de más datos y, además, son mejores. Los casos, además, son más leves, la mayoría de los infectados son asintomáticos, carecen de factores de riesgo y no precisan ingreso en unidades de cuidados intensivos.

La comunidad científica internacional ha ido sumando millones de exabytes de información sobre nuestro enemigo a lo largo de estos meses. En este momento ya disponemos del primer fármaco –remdesivir- eficaz contra la infección y la vacuna ya está encamino.

También sabemos que hay, al menos, seis tipos de COVID-19 con manifestaciones distintas entre sí y con síntomas específicos, lo cual nos va a permitir individualizar las necesidades sanitarias de cada uno de los pacientes.

Uno de los temas que más preocupan en estos momentos es cómo se va a comportar la coinfección del virus de la gripe y el coronavirus. Todavía no tenemos ninguna experiencia clínica al respecto, tan solo especulaciones, lo más juicioso es vacunarnos frente al virus de la gripe.

Pero todo en esta pandemia no ha sido negativo, por vez primera algunos políticos han añadido a su léxico un vocablo, hemos empezado a escuchar de sus labios la palabra “ciencia”. La COVID-19 ha puesto sobre el tapete de la volátil vida política la importancia que tiene en nuestra sociedad la investigación, únicamente podremos salir de esta crisis caminando a su lado.

Esperemos que esta aportación filológica sea el primer pilar de un cambio social. Es un buen momento para recordar que la ciencia es el alma de la prosperidad de las naciones y la fuente de todo progreso. El futuro está en manos de la ciencia”.

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