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Un año de pandemia: Tres pacientes covid relatan su experiencia con el virus

Ha pasado un año que se ha hecho larguísimo desde que comenzó la pandemia. Tres pacientes que han convivido con el SARS-CoV-2 en diferentes momentos de estos 365 días relatan a EFEsalud su experiencia con el virus, cómo lo han vivido y cómo ha influido en su percepción personal

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EFE/EPA/Federico Gambarini

Se llaman Arantxa Quijada, Ignacio Bazarra y Paula Velasco. Son tres de los más de tres millones de personas que se han contagiado en España de coronavirus.

Arantxa tiene 29 años y trabaja en un centro sociosanitario.

Ignacio tiene 54 y es periodista.

Paula tiene 26 y es graduada en Turismo.

Estas son sus estrechas historias con un nuevo virus que han vencido y superado.

Arantxa Quijada: Incertidumbre, miedo y a la vez satisfacción

Mi nombre es Arantxa, soy auxiliar de enfermería y trabajo en una residencia de discapacidad intelectual.

En marzo de 2020, justo cuando decretaron el estado de alarma, me contagié de la COVID-19.

Sentí miedo no por mi estado de salud, sino por la posibilidad de contagiar a mi entorno, mi familia, mis usuarios, mis compañeros…

En aquel momento, estaba trabajando de noche. Empecé a encontrarme mal, pero lo asocié al cansancio acumulado.

Cuando llegué a casa, no comí, directamente me fui a la cama y cuando me levanté ya tenía 38 de fiebre. De repente, empecé a notar mucha sensibilidad en todo el cuerpo, sobre todo en la espalda, así que decidí llamar al número de atención de la COVID-19.

Arantxa Quijada
Arantxa Quijada/Foto cedida

Al día siguiente, me llamaron del centro de salud y, después de contarles mis síntomas, me dieron la baja durante 15 días. No me hicieron PCR, ya que en ese momento aún no había pruebas.

Tuve un dolor de cuerpo horrible durante 5 días, hasta el punto de que me dolía que me cayera el agua de la ducha. No podía estar tumbada, ni sentada, ni apenas vestirme en condiciones. Un día me acosté y cuando me levanté al día siguiente ya había perdido el gusto y el olfato, y tenía bastante tos.

Así estuve unos 10 días, pero la tos me duró más. A pesar de estar una semana entera encerrada en mi habitación, mi novio acabó contagiándose también. Afortunadamente, no de forma grave.

Al cabo de tres meses del contagio, en junio, me hicieron una PCR en el trabajo y volví a dar positivo; me volvieron a dar la baja. A la semana me repitieron la PCR y di negativo.

Entonces me hice una serología en la que di positivo, por lo que después de tres meses seguía teniendo anticuerpos.

Ahora, la situación es más esperanzadora que cuando me contagié hace un año. Me hago test de covid periódicos y ya he recibido las dos dosis de la vacuna.

Con la primera tuve dolor de brazo, pero bueno, algo normal en las vacunas. En cambio, con la segunda me dio fiebre y un dolor de cuerpo insoportable. Por un momento sentí revivir la enfermedad.

En general, los sanitarios lo hemos pasado realmente mal con la pandemia, incluidos los que trabajamos en las residencias de discapacidad intelectual, cuya labor no es muy conocida por la sociedad o los medios de comunicación.

A veces piensas que no puedes más, tienes un agotamiento físico y mental que tiene que estallar por algún lado, pero sacas fuerzas de donde sea por los usuarios. Y es que los chicos con discapacidad intelectual nos han dado una lección de vida cada día.

Gracias a lo bien que se han adaptado, hemos podido salir adelante juntos y más unidos.

Solo con la satisfacción de sentir que haces tu trabajo bien, de ayudar a otros que lo necesitan, que te lo agradecen día a día… solo con eso te vas a casa feliz.

Ignacio Bazarra: Como lágrimas en la lluvia

¿Te han quedado secuelas?

Es la pregunta que más veces he respondido desde que enfermé de Covid-19 en abril de 2020.

Secuelas emocionales, todas. Lo mismo que gran parte de vosotros, seáis o no enfermos. De
las físicas, aún es pronto para conocerlas con certeza.

En mi caso, cansancio, frío… Sensaciones sin cobertura diagnóstica que se suman a tantas secuelas subjetivas escuchadas estos meses.

Ignacio Bazarra, periodista, paciente coronavirus
Imagen cedida del periodista Ignacio Bazarra.

Bueno: escuchadas, poco. Quienes menos han hablado durante este año han sido los pacientes y las familias de los fallecidos. Se les ha hecho un vacío. No existen. Son una estadística.

A lo largo de doce meses se han sucedido las ruedas de prensa diarias en La Moncloa y en cada capital autonómica. Si en cada comparecencia, junto a los rostros habituales, hubieran respondido a los periodistas una enfermera de cuidados intensivos, un huérfano y una viuda, un superviviente recién extubado o un empresario arruinado, quizá se habrían evitado miles de muertos. Y a algunos se les habría caído la cara de vergüenza.

Ha sido un año de lágrimas.

Lágrimas congeladas por el miedo como las que vi durante una semana en el hospital. Derramadas en soledad por los ancianos aislados en sus casas y por los niños privados del sol.

Lágrimas de impotencia de médicos y enfermeras al derrumbarse en el descansillo del ascensor. Lágrimas de rabia ante una carta de despido y la anulación de un pedido.

Lágrimas de agradecimiento y esperanza en los balcones.

Pero son como lágrimas en la lluvia.

Así las percibirán las siguientes generaciones si no somos capaces de aprender de esta tragedia. Si no reforzamos la sanidad. Si no revisamos el modelo de consumo. Si nos empeñamos en someter a la naturaleza para acumular más riqueza. Si seguimos creyéndonos invencibles.

Aún hay tiempo. Esta sociedad ha mostrado entereza, coraje y solidaridad en medio de la desolación.

El domingo 12 de abril de 2020, antes de ingresar en la habitación del Gregorio Marañón, en Madrid, una enfermera me entregó un papel. Cada día llegaban cientos de cartas a los hospitales. Eran como mensajes en una botella a los náufragos del Covid.

Decía así: “Hola. Soy de Vallecas y espero y deseo que te recuperes lo antes posible. Mucho ánimo y esperanza de que todo va a salir, pues estás en buenas manos. Un abrazo para ti y para los sanitarios que te cuidan. Susana Saiz”.

Las lágrimas que casi nadie vio ni fotografió. Ahogadas por la furia de acero que ensordeció los aplausos y secadas por el vacío de la propaganda. Nos han contado la pandemia con un Excel. Pero la hemos vivido con un nudo en la garganta.

Paula Velasco: Con el miedo (y la covid) en el cuerpo

Hacía un calor insoportable en las calles del centro de Madrid y estaba deseando terminar de sacar todas las cajas de la mudanza. Esa semana la daba por cerrada y, además, me iba de vacaciones a una casa rural.

El caso es que llevaba varios días con tos seca, pero como es un síntoma bastante habitual en mí, tampoco le presté mucha atención.

Paula Velasco
Paula Velasco/Foto cedida

Por precaución llamé al médico y, pasado el fin de semana, me hicieron una PCR… Di positivo el 25 de julio. Sin tener del todo asimilada la noticia, me puse a escribir por whatsapp y a llamar a mis últimos contactos. ¡Estaba aterrada por si había contagiado el virus! Afortunadamente todos dieron negativo, incluso mi pareja. Mi conciencia estaba tranquila, pero no podía evitar sentir miedo.

Me encerré en el único dormitorio del pequeño apartamento y allí pasé las tres semanas más largas de un verano en toda mi vida. Tos, cansancio y pelis… Así un día tras otro, un día tras otro… De vez en cuando leía libros imaginarios o limpiaba los muebles vacíos de mi habitación… Efectos secundarios de tener todo a buen recaudo por la mudanza interruptus y ahora aplazada sine die.

Mi chico se pasaba los días preparándome todo tipo de infusiones con miel para ver si se calmaba la persistente tos que no me dejaba pegar ojo.

Fueron semanas interminables en las que me hice una experta en limpiar el baño con lejía y sanitol cada vez que hacía una excursión a él.

Mi pareja durmiendo encima de unos palés y yo en la cama… Al pobre también le dolía todo el cuerpo aunque por otro motivo. Finalmente, 21 días después, di negativo.

Seis meses después, estoy viviendo en Francia. En enero se contagió mi novio. Es odontólogo y, a pesar de tomar todas las medidas de precaución en la clínica, no deja de ser una profesión de riesgo por la Covid. Perdió el gusto y el olfato y tuvo fiebre durante diez días.

Esta vez, los papeles se tornaron, aunque mi sofá fue bastante más mullidito que aquellos listones de madera que él tuvo que padecer.

Ojalá todos los casos fueran así de leves, que se pudieran contar como una anécdota, pero la verdad es otra. Este maldito virus se está llevando por delante a demasiadas personas.

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