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Un año de pandemia: Todo esto, ¿de qué va?

El doctor Pedro Gargantilla. jefe de Medicina Interna del Hospital de El Escorial (Madrid) y profesor de la Universidad Francisco de Vitoria, ofrece su radiografía particular de lo sucedido en el primer año desde que estalló la pandemia

Doctor Pedro Gargantilla
El doctor Pedro Gargantilla/Foto cedida

Todo esto, ¿de qué va?

Doctor Pedro Gargantilla

En la mitología nórdica hay dos cuervos –Hugin y Munin- que no dejan de trabajar para Odín. Se pasan los días viajando alrededor del mundo recogiendo la más diversa información, de todo lo bueno y lo malo que hacen los hombres.

Hasta allí han debido llegar noticias de confinamientos, vacunas, negacionismo, manifestaciones sin sentido, fiestas clandestinas… La verdad es que en estos últimos doce meses Odín ha debido de perder el juicio con tanta información contradictoria.

Y es que, por si acaso no lo saben, se cumple un año del inicio de una terrible pandemia que asola el planeta Tierra.

Un virus microscópico que provocó el mayor confinamiento de toda la Historia. Durante este tiempo los Homo sapiens, una especie que se creía heredera directa de los héroes griegos, fue despojada de su trono.

Los países occidentales tardamos en reaccionar. Pensamos que el coronavirus no osaría atravesar fronteras y durante un tiempo permitimos partidos de fútbol internacionales, celebraciones y, por qué no, manifestaciones.

Los historiadores de la medicina nunca antes habían tenido tantos minutos de gloria, los medios de comunicación les desempolvaron y les llevaron a primera plana de sus informativos.

Allí hablaron sobre pandemias pasadas, desde la spanish lady hasta la peste del siglo catorce. Pero claro… estábamos en el siglo veintiuno y la situación, obviamente, no era equiparable.

Sin embargo, aquella “neumonía de Wuhan”, como se llamó inicialmente, llegó más pronto que tarde hasta nosotros. Nos golpeó como nunca habíamos pensado que lo haría y modificó sustancialmente nuestra sociedad.

confinamiento en familia
Una mujer realiza teletrabajo en su casa mientras su hija juega a su lado. EFE/Enric Fontcuberta

El teletrabajo se convirtió de la noche a la mañana en una realidad, se agotaron los rollos de papel higiénico de los supermercados, se convocó a toda la población a las 20.00 para “agradecer” a los sanitarios -a los que se encumbró a la categoría de nuevos héroes- su gesto… Por cierto, un calificativo desafortunado, simplemente los sanitarios fuimos profesionales que hicimos nuestro trabajo lo mejor que supimos y pudimos, porque muchas veces no contamos con los equipos de protección adecuados.

Durante meses Madrid se situó en el epicentro de la pandemia en nuestro país, mientras el resto de los países afrontaron con mejor o peor fortuna la suerte que les tocó correr: en aquella primera oleada se habló del “milagro portugués”, el Reino Unido se mostró desafortunado con sus medidas encaminadas a la protección económica…

Mientras tanto, la comunidad científica se volcó en cuerpo y alma en encontrar una vacuna eficaz que nos sacara de aquello que no tardamos en calificar como “nueva realidad”.

Pocas semanas después de que la OMS decretara el nivel de pandemia ya se había conseguido obtener el ARN mensajero viral. El primer paso en la carrera frente a la enfermedad.

Hugin y Munin tuvieron mucho trabajo durante ese periodo, había una ingente cantidad de noticias que llevar al dios Odín.

Cuando la primera oleada estaba a punto de terminar se anunció que, quizás, el calor “atontara” al virus y pudiéramos disfrutar de unas vacaciones estivales tranquilas. Apostamos al rojo y…. desgraciadamente salió blanco.

En el mes de agosto los científicos rusos sorprendieron a propios y extraños con la primera vacuna frente a la COVID-19: la Sputnik V, un nombre que rememoraba viejas glorias.

La comunidad científica internacional no tardó en posicionarse, la opacidad de los ensayos desaconsejaba su uso.

El verano se acabó y con él comenzamos la segunda ola epidemiológica. Evidentemente no hicimos nuestros deberes, nos volvió a pillar por sorpresa y la cifra de muertos se convirtió en un guarismo más de nuestra vida, un número que no nos producía ni frío ni calor. Simplemente nos acostumbramos.

Vacunados contagiados
FOTO EFE/ Villar López

El agotamiento postpandemia comenzó a hacer mella en la población. La necesidad de mascarilla de forma obligatoria, la distancia de seguridad, los confinamientos sectoriales y el lavado de manos se convirtieron en los mejores aceros para vencer a la “bestia”; sin embargo, no siempre estuvimos de acuerdo en acatarlos.

Mientras tanto, los científicos nos ilusionaban afirmando que cada vez estaba más cerca la vacuna de Occidente. Había que tener confianza y paciencia.

Cuando ya veíamos a lo lejos las luces navideñas la segunda oleada tocó a su fin, desapareciendo como la primera, sin dejar un poso de sentido común entre la población.

Todos, hasta los más optimistas, veían la sombra de una tercera oleada en pocas semanas.

El año 2021 trajo dos nuevas vacunas –Pfizer y Moderna- y con ellas la esperanza de que esta pesadilla tocase a su fin.

Mientras tanto los “excesos sociales” de la Navidad nos catapultaron a la tercera oleada, en un febrero negro.

Cerrábamos con él el segundo peor mes de toda la pandemia, en cuanto a muertos en nuestro país se refiere, más de 10.000.

estrategia covid cero
El objetivo de la estrategia de contención es evitar el colapso de las ucis. UCI del Hospital Cosaga de Ourense.
EFE/Brais Lorenzo

¡Qué listos eran los romanos! Februus era el dios de los muertos y la purificación, por eso, en este mes celebraban los rituales a Plutón, para evitar su ira. Más nos habría valido seguir su ejemplo.

La curva epidemiológica se está doblegando y la tercera ola ha remitido… pero, ¿y luego?

Pues habrá una cuarta, no lo dudemos. Esta situación, salvo que la campaña de vacunación se acelere, va para rato nos guste o no. Y si no… que se lo pregunten a Odín, que es el que maneja toda la información.

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