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La nueva normalidad y la nueva normatividad, ¿qué pasa con los afectos?

Apenas un día después de la llegada de la nueva normalidad, Sergio García, psicólogo, colaborador de EFEsalud, reflexiona en un nuevo artículo sobre cómo manejar los afectos y nuestros hábitos de proximidad emocional y física, cuando la norma es la distancia interpersonal y el uso de mascarilla

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Un visitante le toma una fotografía a la obra “El Despertar” de J. Seward Johnson, en Washington D.C. (EEUU). EFE/Matthew Cavanaugh

“La memoria de un hombre está en sus besos” (Aleixandre).

¿Qué diferencia existe entre normalidad y normatividad?

Según las definiciones “normatividad” es  un conjunto de leyes o preceptos que rigen nuestros comportamientos según una organización. Y la normalidad, lo que es común, frecuente o natural en una sociedad según un criterio.

De estas definiciones se deduce que la normatividad trae acompañada una normalidad. Concretamente, cada fase del proceso de desescalada nos ha dirigido hacia la “nueva normalidad”, término al cual todavía no nos hemos acostumbrado y genera rechazo.

Ayer me decía un vecino: “Si es nuevo no puede ser normal, es un sinsentido, la novedad está fuera de lo normal” “Pero sería nuevo con respecto a hace 4 meses ¿no?” “Sí es verdad, pero yo quiero volver a mi vieja normalidad, mi pelea con la palabra tiene que ver con esto” “Yo también lo quiero, pero tenemos que prepararnos para lo próximo”

Con esto queremos señalar que las nuevas reglas generan otros hábitos en nosotros y modifican nuestra manera de relacionarlos, nuestra comunicación y nuestros afectos.

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Sergio García recoge un premio del Consejo de Psicólogos de Madrid por su colaboración en el programa de radio de “El Bisturí”, de EFEsalud/ Foto facilitada por el psicólogo +

Las líneas humanistas han preponderado en nuestros colegios para educar las emociones y también la manera de estar en el aula. Hasta ahora, la psicología le daba mucha importancia  a compartir, admitir errores, darse una beso y un abrazo para sellar el desacuerdo.

Sin embargo, estas formas educativas van a cambiar radicalmente. Debido a que ahora se va a individualizar el uso de materiales escolares, no se debe compartir con el compañero las pinturas ni los lápices y las afrentas entre alumnos tendrán que ser resueltas a través de la palabra, nunca estrechando la mano o dándose un beso.

Por este motivo, nuestros afectos quedan trastocados, son educados de otra forma, el uso de la palabra con la riqueza de su entonación, de su dicción quedará en primer lugar junto con las formas no verbales de expresarnos, la mirada, el gesto, el movimiento serán determinantes en este nuevo lenguaje que excluye el contacto físico; quizás es el momento de trascender nuestra manera de sentir de la que veníamos siendo partícipes.

Sin embargo, todos los primates estábamos programados para el tacto. Siendo en el sur de Europa una población donde nos gusta tocarnos para auxiliar a nuestro discurso, incluso si le señalo una calle a un turista que la desconoce puedo acercarme tanto que llego incluso a la aproximación física e íntima.

Nos diferenciamos así del norte del continente, donde siempre se mantiene una distancia social con desconocidos y conocidos. De nuevo, nos hemos visto amparados por filosofías pedagógicas donde se pensaba que era mejor tocar que no hacerlo.

El tacto es el sentido más primitivo, el más elemental, al nacer los bebés necesitan la piel contra piel de los padres como recurso de estabilidad, de conocimiento de sí mismos. La piel humana es la piel más sensible de todos los mamíferos; en 2,5 cm2 de piel humana existen  1.300 células nerviosas y según la teoría evolutiva  hubo un largo periodo intenso y cotidiano donde la sensibilidad de la piel se vio incrementada.

Ahora, se tiene que subvertir este aprendizaje hasta que no haya una vacuna para la Covid-19. Se necesitan además de leyes, de normatividades, una nueva manera de pensar la implementación de la norma puesto que al ser humano le cuestan los cambios y mucho más cuando los ve fríos y ajenos a su manera de sentir y pensar. Sería un golpe de estado a nuestra psicología o identidad colectiva como sociedad.  -“¿Es que usted quiere que me haga el sueco?”- me espetó un paciente.

La pregunta a resolver es cómo hacemos el cambio de la nueva normatividad, que ya ha llegado, a la normalidad inédita, sabiendo que incluso en los experimentos con monos donde se hacía dos grupos y tenían que elegir entre una mama chimpancé con piel-tela pero sin biberón y una mama de alambres pero con biberón elegían a la primera.

¿Cómo el contacto físico que rebaja los niveles de cortisol relacionados con el estrés y sube los niveles de oxitocina, la hormona del amor, tiene que ser ahora puesto en un segundo lugar? ¿Cómo nos preparamos para esto?

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Una pareja se besa con máscaras faciales sanitarias. EFE/ Massimo Percossi

Algunos jóvenes tienen estas necesidades al descubierto, están organizando “clubes de la lucha” para pegarse, que es una manera incivilizada de tocarse  pero que pone de relieve la carencia de esta “nueva normalidad” sin abrazos, con menos besos.

Algunos gobiernos han comenzado a hacer campañas para fomentar las parejas estables evitando que los solteros sean una fuente de contagio.

Si la memoria de un hombre está es sus besos, si no recordamos por cronología de acontecimientos sino por lo bien o lo mal que lo pasamos en unas determinadas circunstancias (afectos), este nuevo periodo hace que tengamos que decidirnos por aprender a lanzar besos con la mirada, a acariciarnos con los adjetivos, a satisfacernos observando  las sonrisas.

Si me decido a pensar que aceptando y cambiando mi manera de expresar los afectos salvo vidas, me protejo y favorezco la salud del resto, a mis seres queridos y también a personas que no conozco porque he dejado de ser un engranaje en la cadena de transmisión. Entonces, ese sacrificio, esa mascarilla social se habrá convertido en una nueva forma de amor.

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