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Ludopatía de bolsillo

Apostar es hoy más fácil que nunca. Con un teléfono móvil conectado a internet se puede acceder a una sala de apuestas “online”, de manera rápida y desde casi cualquier lugar. Una de sus consecuencias es el inicio de la adicción al juego en edades cada vez más tempranas

Ludopatía de bolsillo
Una mujer observa un portal de apuestas por internet. EFE/LUIS TEJIDO

Un estudio de la Universidad de Valencia en el que se encuestó a más de 5.000 jóvenes de entre 15 y 19 años en 82 institutos y centros de formación de la Comunidad Valenciana encontró que el 54 % de los alumnos admitió haber gastado dinero en juegos de azar y casi un 2 % presentaba indicadores de juego patológico.

“Estamos hablando de personas más vulnerables sometidas a estímulos repetitivos y muy intensos, que hacen que salte más rápidamente el descontrol. Cuanto más precozmente se despierta la ludopatía, mayor es la carga de enfermedad y el riesgo de cronificación aumenta considerablemente”, señala Augusto Zafra, psiquiatra y jefe de la Unidad de Salud Mental y Psiquiatría Hospitalaria en el hospital Vithas Nisa Valencia al Mar y en la Clínica de Desintoxicación y Patología Dual del Hospital Vithas Nisa Aguas Vivas.

Casas de apuestas y su modo de enganchar a los jóvenes

En este sentido, José Miguel Budia Velo, psicólogo del Centro Cuarto de Contadores, ubicado en la localidad madrileña de Leganés, explica que los jóvenes empiezan a apostar incitados por la publicidad de las casas de apuestas y por el entorno social próximo.

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En la foto, fachada de un local de casa de apuestas en Madrid (España). EFE/Carlos Pérez

“En sus anuncios, las casas de apuestas destacan que te regalan un vale por una pequeña cantidad de dinero para apostar, de modo que si lo apuestas y ganas, el dinero es para ti y si lo pierdes, no pierdes nada. Entonces apuestas y así te enganchas”, comenta.

“Las asociaciones entre estímulos y consecuencias agradables como son ganar dinero, solo o con amigos, y la sensación de tener control sobre el azar, hacen que las personas no sean conscientes de que no tienen control sobre la suerte que conlleva apostar y por ello lo hacen sin miedo, llegando a perder en ocasiones cantidades de dinero importantes”, indica el psicólogo.

“Una vez que se ha perdido ese dinero, entra en juego la necesidad de recuperarlo y la decisión de parar cuando se recupere, decisión que se diluye con la siguiente victoria”, agrega el especialista.

“Llega un momento en que estás en casa aburrido y sólo te apetece apostar; quedas con tus amigos y ellos quieren ir a apostar; si no sales a la calle puedes apostar con el móvil; tienes un mal día y sólo te ayuda apostar; te hace falta dinero y sólo piensas en apostar”,  describe Budia Velo.

El doctor Augusto Zafra señala que a edades tempranas la percepción del riesgo es menor. “Como no hay nada que ponga en evidencia el daño que puede causarles, no ven ningún problema en jugar”, comenta el psiquiatra.

Una vez que se ha empezado a jugar, la cuestión consiste en saber dónde está la línea entre la diversión y la adicción.

Para los especialistas de los hospitales Vithas Nisa cruzarla “es fácil y rápido, ya que se puede jugar desde cualquier lugar, sin horarios”.

Además, subrayan que hay un neuromarketing muy agresivo en el que se minimiza la percepción del sujeto de la pérdida económica.

“No todos tenemos los mismos recursos personales para afrontar un uso sano y normalizado del juego. Como ocurre con otras adicciones, hay personas más vulnerables que otras y los menores tienen un riesgo alto de desarrollar un trastorno que les generará problemas para toda su vida”, afirma el doctor Zafra.

José Miguel Budia explica que, en psicología, cuando se estudia a la población inmiscuida en el juego se establecen tres categorías: jugador social o controlado, jugador problema y jugador patológico.

“El jugador social o controlado es el que juega por entretenimiento e interacción social pero conserva un control total sobre su conducta de juego y puede parar realmente cuando lo desea”, apunta el psicólogo.

El jugador problema es un “jugador social que ha aumentado peligrosamente la frecuencia e intensidad de sus apuestas, normalmente apuesta más veces y mayor cantidad de dinero, llegando a tener un gasto habitual de dinero específicamente para la apuesta”.

Por último, el jugador patológico es “aquella persona que descuida el resto de ámbitos de su vida por apostar y tiene una fuerte demanda emocional derivada de utilizar la apuesta para cubrir las carencias afectivas”, expone Budia.

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Un hombre rellena una quiniela de fútbol en un local de las apuestas deportivas Opap, en Atenas (Grecia). EFE/Orestis Panagiotou

Para superarlo hay que admitirlo

El psicólogo comenta que en la delgada línea entre el segundo y el tercer perfil está el problema.

“Se podría decir que cuando introduces la apuesta en tu rutina ya hay un problema o cuando descuidas algún área de funcionamiento como la familia o el trabajo”, aclara.

Además, este especialista indica que alguien que se obsesiona con el juego “incita a sus allegados a “ganar dinero fácil”, porque dice tener un sistema “infalible”. También se vuelve irritable, mentiroso y pide dinero prestado”.

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La empresa Euskal Kirol Apustuak (EKASA) en la apertura de una tienda de apuestas deportivas del País Vasco . EFE/Alfredo Aldai

“Si sus familiares o amigos detectan estas señales, pueden identificar claramente que esa persona está desarrollando una relación malsana con el juego”, apostilla.

Superar la adicción implica, en primer lugar, que la persona se dé cuenta de que tiene un problema y quiera cambiar. “Sin esto es imposible ayudar al sujeto”, asegura Budia.

El psicólogo señala que, una vez que ha tomado la decisión de enfrentarse al problema, convendría que la persona ludópata firmase la autoprohibición para entrar en casas de apuestas y para apostar “online” e, incluso, que congelase sus cuentas bancarias durante el proceso de cura. Además, tendría que comenzar cuanto antes el tratamiento psicológico.

El especialista afirma que si una persona que padece un trastorno de adicción al juego recibe un tratamiento psicológico como la terapia cognitivo-conductual, tiene una probabilidad de entre el 50 y el 80 % de recuperarse por completo, es decir, de no volver a apostar.

“Siempre existe cierta presión, tanto interna como externa, por apostar. Pero el éxito del tratamiento está en que la persona tenga las suficientes herramientas psicológicas para saber que hay más aspectos negativos que positivos en recaer”, apunta.

El psicólogo señala que el objetivo de la terapia que se aplica es frenar o parar del todo la rutina del juego, a la vez que se desmontan las distorsiones cognitivas relacionadas con esa conducta.

Según explica, estas distorsiones son: la ilusión de control sobre el azar (creer tener un sistema de predicción de resultados), quitarse la culpa de los fracasos, recordar sólo los eventos en los que se gana mucho dinero pero no aquellos en los se perdió también mucho dinero y, por último, las supersticiones, por ejemplo, repetir una frase al apostar pensando que da más posibilidades de ganar.

“A la par que se desmontan las distorsiones cognitivas se pueden emplear técnicas conductuales como el control de estímulos, que consisten en evitar situaciones incitadoras. Se trataría, por ejemplo, de firmar la autoprohibición, desinstalar la “app” del teléfono, usar un teléfono no “smatphone” o evitar durante un tiempo exponerse a la publicidad de las casas de apuestas que invaden, entre otros espacios, las retransmisiones de los partidos de fútbol”, manifiesta.

El especialista indica que cuando la persona va obteniendo el control de sí misma con respecto a la decisión de no apostar, “se emplean técnicas de exposición a las páginas o a las casas de apuestas, pero en un ambiente controlado y con la presencia del psicólogo. Dejamos que experimente la ansiedad por las ganas de jugar, teniendo delante el estímulo incitador hasta que se le pase casi por completo o totalmente sin haber apostado”, describe.

“Para facilitar al paciente pasar por esta abstinencia sin recaer, se le enseñan técnicas de relajación que disminuyan la ansiedad cuando haya picos peligrosos que puedan desencadenar la conducta patológica. Con todo ello y con mucho esfuerzo, la persona puede recuperar el control de su vida, pero es un camino muy complicado y requiere de una conciencia total del problema”, concluye.

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