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Fatalismo o indignación: ¿Cómo afecta la corrupción a la salud mental?

La corrupción está afectando al bienestar subjetivo de la sociedad española que vive este momento con frustración, fatalismo y depresión. Un estado de ánimo que, sin embargo, empieza a dejar paso a la indignación y al deseo de cambiar la situación. Este es el análisis psicológico de la degeneración institucional

Fatalismo o indignación: ¿Cómo afecta la corrupción a la salud mental?
EFE/ Barbara Gindl

Las tarjetas opacas de Bankia, el caso Malaya, el escándalo de las preferentes, los papeles de Bárcenas, la trama Gurtel, el caso Noos, los ERE irregulares de Andalucía, los negocios de la familia Pujol, la operación Púnica….Los españoles desayunan cada día con nuevas noticias sobre multitud de casos de corrupción.

Millones de euros manejados ilícitamente por el poder político, económico, empresarial o sindical en una España en crisis con más del 23% de su población activa en paro.

Un panorama que afecta a nuestra salud mental y a la calidad de vida. “La corrupción funciona como un índice de bienestar de pueblos y naciones, es un mal que se hace a la sociedad y al bien público, que afecta a la felicidad del individuo”, indica Luis Fernández Ríos, profesor titular en la Facultad de Psicología de la Universidad de Santiago de Compostela.

El grupo social que reacciona, que protesta y que se agrupa contra la corrupción “es la alternativa que debería generar una mínima esperanza y la lucha contra las prácticas corruptas”, apunta el psicólogo Fernández Ríos quien, sin embargo, cree que “en este país hay algo que hace que la gente no se rebele: la economía sumergida”.

Tolerancia y corrupción

Para el psicólogo y divulgador Luis Muiño mirar para otro lado, pensar que no hay remedio, ser de alguna forma tolerantes con la degeneración de la organización de la vida pública ya no es la tónica general.

“Creo que hemos pasado de una actitud de tolerancia a otra de indignación y cabreo. Tengo la sensación de que nos estamos enfadando, y mucho. Y eso tiene que ver con ese cambio en la cultura española, ya no somos colectivistas, sino individualistas. Eso mina la corrupción porque si pensamos a nivel individual vemos que no nos aporta nada”, señala el especialista.

Y lo compara con la España de los años 90, donde la cultura del pelotazo reportaba muchos beneficios sin demasiado esfuerzo. “Se veía al corrupto como alguien que creaba puestos de trabajo, que gracias a algunas ilegalidades los demás podían estar contentos. Ahora preferimos un país que funcione según el nivel de trabajo de la gente, la crisis ha hecho que muchas cosas salgan a la luz porque ya no tenemos la sensación de que la cultura del pelotazo nos convenga a todos”.

Si hace años teníamos envidia ante el supuesto triunfador, ahora la sociedad se considera una víctima. “Es la primera vez que nos sentimos agredidos y estamos reaccionando en contra de la corrupción. Lo veo en terapia, en la calle, en los comentarios de todo el mundo”.

EFE/Daniel Bockwoldt

Pero…¿Seguimos perdonando a los políticos corruptos con nuestros votos en las urnas? “Antes se seguía votando a un alcalde corrupto por el fatalismo de creer que nadie iba a hacer nada diferente. Pero ahora algo se ha roto: se empieza a tener la sensación de que otros que lleguen al poder ya no serán corruptos. Se está acabando la psicología fatalista que piensa que “todos hacen lo mismo”, apunta el psicólogo.

 ¿Todos tenemos tendencia a la corrupción?

La corrupción es un comportamiento histórico del ser humano que se produce por imitación de las conductas de otros. “Se copia lo que otros hacen, no lo que dicen. Es como un virus que se extiende. Pero también se imita la anticorrupción, la indignación”, considera Luis Muiño.

“Todos participamos en la práctica de pequeñas corruptelas, eso forma parte de la práctica de las culturas colectivistas donde se entiende que lo que es bueno para mi, es bueno para los demás”, apunta.

Por su parte, el profesor Luis Fernández Ríos, autor de “Psicología de la corrupción y los corruptos”, subraya que la degeneración  “es contagiosa”, sobre todo para el individuo que se mueve en el ámbito político. “Son los partidos políticos los que atraen a gente que va a forrarse, a robar y a vivir del sudor de los demás”.

Para este psicólogo, “la gente de a pie se corrompe con cosas como no pagar el IVA de las facturas y, hasta cierto punto, lo veo humano y lógico porque, por un lado ve que ser justo no vale de nada, y por otro cree que si todo el mundo saca tajada, él también”.

El perfil del corrupto

EFE/Maxim Shipenkov

El comportamiento corrupto es “una actitud libre, voluntaria, racional y planificada. Es un compadreo con el poder político y que cuenta con asesoramiento legal para analizar costes y beneficios y ver si compensa”, apunta el profesor universitario.

Y lo practica una persona “mediocre pero con expectativas elevadas, que le gusta que le respeten por el control que puede ejercer, con una motivación de poder elevada y con un liderazgo en la vida pública proyectado hacia su ego personal y siempre rodeado de una camarilla que le apoya”, indica el experto.

Para el psicólogo Luis Muiño, el corrupto es aquel “que se cree invulnerable, que se puede saltar la norma porque es más listo que los demás. Y ese narcisismo ególatra, que le pierde, es el que le lleva a cometer errores por los que le pillan”.

La vergüenza y sentimiento de culpa son conceptos que no están incluidos en el registro de comportamiento del corrupto. “Para eso -añade Muiño- hay que tener un código moral del que carecen”.

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