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Desde la habitación 3424 del Gregorio Marañón

“Enfermé el 1 de abril. ¡Quién sabe cómo me contagié! Nadie de mi entorno desarrolló la enfermedad, así que tuvo que ser un encuentro casual en la calle o en el supermercado con una persona portadora. Salía de casa sin mascarilla, simplemente porque no había, pero con guantes. Me tocó”. Así comienza el relato que el periodista Ignacio Bazarra escribe para EFEsalud, su experiencia con el coronavirus

Ignacio Bazarra
El periodista Ignacio Bazarra durante su ingreso por COVID-19 en el hospital Gregorio Marañón de Madrid. Foto cedida

Ignacio Bazarra (Pontevedra, 1966) es periodista. Trabajó durante 26 años en la Agencia EFE, donde dirigió el departamento de Cultura, y desde 2013 es consultor de comunicación para empresas e instituciones.

Ahora se encuentra en casa recuperándose de la COVID-19, la enfermedad respiratoria que provoca el coronavirus, tras pasar casi una semana ingresado en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid.

Este es el relato en primera persona de su vivencia con la enfermedad y con la asistencia sanitaria que ha recibido.

Desde la habitación 3424 del Gregorio Marañón

Por Ignacio Bazarra

Enfermé el 1 de abril. ¡Quién sabe cómo me contagié! Nadie de mi entorno desarrolló la enfermedad, así que tuvo que ser un encuentro casual en la calle o en el supermercado con una persona portadora. Salía de casa sin mascarilla, simplemente porque no había, pero con guantes. Me tocó.

Ignacio Bazarra, periodista, paciente coronavirus
Imagen cedida del periodista Ignacio Bazarra, convaleciente de COVID-19.

Durante la primera semana, los síntomas fueron leves y llevaderos. Fiebre moderada, nunca superior a 38º, algo de tos y un persistente dolor de cabeza. A diario me llamaban del centro de salud.

Al séptimo día, mi médica de cabecera, la doctora Quiñones, decidió hacerme una radiografía: eran demasiados días con fiebre.

En el centro de especialidades Hermanos Sangro ya me esperaban cuando me presenté. Tardaron unos segundos en atenderme en radiología. Al llegar a casa me estaba llamando mi médica: había una opacidad sospechosa -no concluyente- en el pulmón, así que había que ir a urgencias.

Desde que entré el día 7 en el Servicio de Urgencias del Gregorio Marañón, me sorprendió el protocolo de atención que tenían implantado: todo funcionaba como un reloj a pesar de que allí nos habíamos juntado más de sesenta personas.

Las pruebas fluían y nos iban clasificando y atendiendo con verdadera dedicación. Una limpiadora pasaba la lejía y recogía papeles del suelo. Comentaba: “Que nadie pueda decir que todo esto no está limpio”. Repartían agua y bocadillos.

Había gente de todas las edades: una tercera parte eran jóvenes perfectamente sanos que no hacían más que preguntarse: “Si yo estaba bien en mi casa, no entiendo por qué me han traído aquí”.

Numerosos pacientes, los menos graves, eran derivados al hospital de IFEMA. Salían en fila, uno tras otro y con la mirada perdida, como sometidos a una fatalidad inevitable.

Mi destino era diferente: un médico residente, el doctor Quesada Cubo, me llamó y me dio el diagnóstico. Mi neumonía aún era incipiente, ni siquiera se apreciaba claramente en la radiografía. Podía volver a casa con un tratamiento de choque: antirretrovirales, hidroxicloroquina y antibióticos durante cinco días. En Urgencias vi a muchos residentes trabajando. ¿Se les reconocerá como es debido estos meses en la primera línea del frente?

Así permanecí cinco días en casa, aislado, hasta el 12 de abril. No pude más. Los efectos secundarios de los antirretrovirales y la fiebre, cada vez más alta, aconsejaban volver a hospital.

Una soleada mañana de domingo entré en el Marañón. Observé menos presión en Urgencias que cinco días antes. Pero esta vez mi diagnóstico era peor: las radiografías y los análisis mostraban una reactivación del virus. Me esperaban seis días en el hospital.

Tuve la suerte de ingresar en Medicina Interna, con un equipo médico increíble, curtido tras dos meses de batalla contra el virus.

Mi compañero de habitación, de 66 años, diabético, con más de cien kilos y un solo riñón, tenía un pronóstico complicado. Lo mío era un resfriado al lado de su cuadro clínico. Cuando entré el primer día, el ruido de los respiradores era infernal. Seis días después, era otro hombre: lo habían resucitado tras tres semanas en el hospital y paseaba ligero de equipaje por la habitación.

También yo era otro. Desde la primera noche lograron rebajar la fiebre, que rozaba los cuarenta grados, y me fueron proporcionando oxígeno, nuevos antibióticos e hidroxicloroquina. La comida del hospital, extraordinariamente sofisticada y variada, también ayudó a la recuperación.

Ignacio Bazarra
Personal sanitario del Hospital Gregorio Marañón recibe el 12 de abril el homenaje de la Policía Municipal de Madrid por su labor en la pandemia de coronavirus. EFE/Ballesteros

Las enfermeras y médicas entraban lo justo para examinarnos, modificar la dosis de oxígeno, extraer sangre, administrar los medicamentos o tomarnos el pulso, la temperatura y la saturación de oxígeno en sangre. Mientras una ingresaba protegida en la habitación, su compañera aguardaba fuera para ayudar y tomar nota. Cada vez que salían, retiraban las batas y guantes usados.

Las auxiliares, por la naturaleza de su trabajo, debían permanecer dentro más tiempo, arriesgándose aún más pese a los protocolos de protección que seguían a rajatabla. Allí te das cuenta de que el riesgo siempre existe, por muchas capas, gafas y pantallas que separen a sanitario y paciente.

En mi caso, además de conseguir estabilizarme y darme el alta en solo seis días, me ofrecieron participar en un ensayo clínico, dirigido por la doctora García Leoni, con un medicamento para la artritis reumatoide, una enfermedad también relacionada con una alteración del sistema inmunológico. Este fármaco puede ayudar a prevenir y bloquear esa inflamación generalizada que se produce en los casos más graves del coronavirus. Otro avance más del que fui testigo en el Gregorio Marañón.

Sé que durante las primeras oleadas, en el mes de marzo, todo fue un caos, con cientos de pacientes agolpados en las urgencias de los hospitales y falta de medios y camas.

Pero el sistema fue capaz de reorganizarse y dotarse no solo de más medios sino de ir afinando el abordaje terapéutico ante la COVID-19. Respiradores, antirretrovirales, hidroxicloroquina y antibióticos para prevenir la aparición de bacterias que empeoren la situación de los más vulnerables.

Nos fijamos todas las mañanas en la cifra de fallecimientos, esa tragedia que nos golpea cada día, pero olvidamos los miles de contagiados que salen curados a diario de los hospitales españoles.

No hay vacuna todavía. Pero con las medidas de contención social y los cuidados cada vez más eficaces que prestan en centros de salud y hospitales, esta batalla la vamos a ganar.

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