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“El hombre, el gran olvidado de la reproducción asistida”, por Rocío Núñez Calonge

Esta es la historia de Juan, un personaje imaginado, “pero que representa a tantos y tantos hombres que acuden a diario a un centro de reproducción asistida y se sienten perdidos en un universo que, en su mayor parte, incumbe a la mujer en el terreno tanto físico como mental. “Son los grandes olvidados en estos procesos”, asegura la embrióloga Rocío Núñez Calonge en este artículo para EFEsalud

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(Rusia) EFE/EPA/BALAZS MOHAI

La doctora cuenta en este artículo el recorrido de Juan y su pareja en el proceso de la reproducción asistida, un universo que, en su mayor parte, incumbe a la mujer en el terreno tanto físico como mental y donde el hombre está en otro plano.

Doctora en biología, Rocío Núñez Calonge se formó en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid y desde 1985 lleva trabajando en el campo de la reproducción asistida siendo pionera en la biología de la reproducción.

Es profesora en el Máster de Reproducción de la Universidad Complutense, miembro de la Sociedad Española de Fertilidad, asesora científica del Grupo Internacional de Reproducción y máster en bioética, además de patrono de la Fundación Nene.

El hombre, el gran olvidado de la reproducción asistida

Por Rocío Núñez Calonge

“Juan lleva más de diez años con su pareja y los últimos cinco han estado intentando quedarse embarazados sin éxito.

No se podría decir cuál de los dos conserva más la ilusión de poder conseguirlo algún día, si él o ella. Quién de los dos lucha más por conservar la esperanza.

Pero cuando cada mes, como una cuchillada, llega la regla, es ella la que llora desesperada, maldice su suerte y se deprime de forma irremediable. Y Juan no sabe qué decir, qué hacer para mitigar ese dolor periódico que se convierte en una sombra en sus vidas.

A veces, ella le acusa de no sentir, de no sufrir como ella. Pero es que él no sabe, o no quiere, exteriorizar aquello que le mata poco a poco por dentro. No desea que el sufrimiento sea su dueño, quiere dominarlo, no hacer de él el centro de su vida.

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Doctora Rocío Núñez Calonge. Foto cedida por la Fundación Nene.

Aunque a veces fantasee con poder perder el sueño y ser él quien se levante cada noche cuando su bebé llore, o cuando tenga que cambiarle los pañales…. A veces también ese anhelo le causa al mismo tiempo placer y dolor.

Entonces deciden visitar a un especialista. Ya habían ido a un ginecólogo que aseguró que ella no tenía ningún problema. Eran jóvenes y tenían que seguir intentándolo. Y han visto que eso no es suficiente.

La primera visita al centro de reproducción la hacen los dos juntos. Así se lo han indicado cuando pidieron la cita por teléfono. En cualquier caso, Juan iba a asistir igualmente. No le cabe en la cabeza que pueda ser de otro modo.

El médico les explica detalladamente todas las pruebas que tiene que realizarse. Juan se ha quedado parado, mentalmente, en aquella que le afecta: el análisis de semen. Y no es que no le interesen las demás.

Ya ha preguntado en cada una de las que corresponden a su mujer si le van a causar dolor. Pero le han quedado mil dudas sobre en qué consiste el análisis de semen, y no se ha atrevido a preguntar más. ¿Vergüenza? No, claro que no. Es que todo ha ido más deprisa que su cabeza, y no le ha dado tiempo a asimilarlo.

Antes de salir de la clínica, les atiende una enfermera que les da un montón de papeles con instrucciones para cada prueba. Ahora es el momento. Y Juan pregunta, no sin evitar ruborizarse un poco, dada la obviedad de la cuestión, en qué consiste el seminograma.

Ya se imagina que tiene que recoger una muestra de semen, pero ¿en casa?, ¿cuánto tiempo antes? ¿en qué condiciones?…

La enfermera le explica con detalle que la muestra tiene que obtenerla en la propia clínica y, previamente, debe de guardar algunos días de abstinencia sexual.

¿Y no puedo traerla ya de casa?, pregunta, esperanzado. Pero le explican que es conveniente que no transcurra demasiado tiempo y, claro, ellos viven lejos de la clínica…

El tema de la abstinencia sexual no va a suponer un problema. Desgraciadamente, las relaciones sexuales se han transformado hace tiempo en una vía, ya no de placer, como antes, sino de conseguir un embarazo. Ya está bastante harto de intentar que sean únicamente en los días fértiles, y tener que esperar a la ovulación para poder disfrutar con su pareja.

Cuando llega el día de la prueba, Juan está tan nervioso como si fuera a realizarse una cirugía a corazón abierto. Sabe que es absurdo. Tan poco esfuerzo para lo que supone el tratamiento a su mujer. Pero no puede evitarlo. No quiere defraudarla. Siente que debe “cumplir” con una obligación inapelable y no quiere fallar.

Tras una espera que se le hace interminable, donde otros hombres, quizás como él, esperan también intentando distraerse con sus móviles, le pasan a una pequeña sala y le entregan un frasco estéril con su nombre y el de su mujer en una pegatina.

Mira a su alrededor: una pantalla de televisión, que imagina, estará destinada a videos para la ocasión, y un ambiente aséptico y frío.

Cuando, tras desechar todos los pensamientos que acuden a su mente en avalancha, logra concentrarse y conseguir la muestra (no sin cierto esfuerzo para que no se derrame nada fuera del frasco), una enfermera acude a recogerla.

Le comunica que en una semana estarán los resultados y que en la consulta se los explicará el médico.

Los días que transcurren hasta la cita para conocer los resultados del análisis los pasa intentando pensar en otra cosa. Pero le cuesta un gran esfuerzo, imaginándose todos los peores escenarios posibles.

Y, sobre todo, intentando convencerse de la nimiedad del asunto en comparación con la serie de análisis previos e inyecciones y medicación posteriores que tendrá que padecer su mujer.

Y por fin llega el día.

El médico les recibe amablemente, y les explica a los dos los resultados de las pruebas. Las de ella, todas correctas. Pero cuando empieza a pronunciar términos como oligozoospermia, y astenozoospermia, es cuando se pierde. No suenan nada bien. Ahora sí que no puede permitirse marchar de la consulta sin tenerlo todo claro. ¿Qué es lo que quiere explicarnos? No he entendido nada…

El doctor cree que es una buena noticia haber encontrado la causa de que no haya embarazo. Los espermatozoides son pocos, y se mueven mal. Esa es la terrible conclusión.

Entonces, ¿es culpa mía?, pregunta Juan.

En absoluto, contesta el médico.

Pero ¿no ha dicho que mis espermatozoides no sirven?, rebate Juan.

No. Lo que quiero decir es que en la esterilidad no existe un culpable. Lo que existe es un problema, en este caso, del varón, y es lo que hay que intentar solucionar. Y esto es lo que vamos a tratar de hacer, realizando una fecundación in vitro con microinyección espermática. Para ello, con que encontremos un espermatozoide que se mueva por cada óvulo de su mujer, será suficiente.

Juan lo ha entendido perfectamente, pero eso no impide que no pueda evitar sentirse culpable. Y revive otra vez cada mes de decepción, cada desengaño cuando había el más mínimo retraso…

Otra duda, como una nube sombría que asciende hasta su más profundo pensamiento, le asalta.
¿Esto afectará a mi vida sexual? Quizás la poca frecuencia de relaciones que ahora tenemos sea debido a este problema…

En cuanto la pregunta se materializa, el médico le aclara: no hay que confundir un problema de esterilidad con una alteración sexual. Son dos conceptos completamente distintos. El hecho de que haya pocos espermatozoides (la mayoría de las veces no conocemos la causa), no afecta en absoluto a sus relaciones sexuales.

Existe un ejemplo muy demostrativo, y es el caso de los varones que se realizan una vasectomía. En esos casos, no existen espermatozoides en el eyaculado, y sin embargo las relaciones sexuales son completamente normales.

Juan se queda algo más tranquilo, pero sigue con esos pájaros revoloteando por su cabeza.

Y es su mujer ahora quien le consuela, intentando vanamente erradicar ese sentimiento de derrota. Pero cuando se imagina todas las inyecciones que tendrá que ponerse ella, todos los análisis de sangre, el quirófano, la anestesia… le parece que todo el esfuerzo que haga, las veces que tenga que obtener semen…. Nada será suficiente para compensarla.

Y decide que, una vez más, no se va a rendir. Se harán el tratamiento y conseguirán su deseo más ansiado.

Juan es un personaje imaginado, pero representa a tantos y tantos hombres que acuden a diario a un centro de reproducción asistida y se sienten perdidos en un universo que, en su mayor parte, incumbe a la mujer en el terreno tanto físico como mental. Son los grandes olvidados en estos procesos, pero forman parte indisoluble de ellos en las parejas heterosexuales.

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