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García Padrós, un cirujano que torea cornadas

Casi nació en la plaza de toros de Las Ventas y estudió Medicina. Los doctores Jiménez Guinea y García de la Torre, su padre, le enseñaron los trucos de la profesión. Cornadas y pitonazos le han convertido en un experto taurino

García Padrós, un cirujano que torea cornadas
El doctor Máximo García Padrós nos recibió en la enfermería de la plaza de toros de Las Ventas/ EFESALUD/ GRB

Suenan clarines y timbales y el doctor Máximo García Padrós, cirujano jefe de la plaza de toros de Las Ventas, se ajusta la bata blanca y se dispone a dar el paseíllo hasta el burladero médico, una sala de la enfermería equipada con varias sillas y un televisor.

“Es muy importante ver la lidia con el máximo detalle, a cámara lenta y desde varios ángulos”. García Padrós observa los revolcones y las cornadas “in situ” a diferencia de sus compañeros de hospital que “no ven el tiro o la puñalada” de una reyerta.

El cirujano pone de ejemplo la grave cogida del maestro Julio Aparicio: “el pitón entró por el cuello y salió por la boca. Ni el público ni los mozos que trajeron al torero hasta la enfermería sabían qué había pasado realmente; en cambio, los que vimos la cornada por la televisión ya estábamos dispuestos para trabajar en el quirófano“.

Cirujano y torero

La veteranía le permite tener “la premonición de una cogida” si el torero “no está haciendo bien su faena”. Padrós observa al torero colocarse frente al toro, “cómo despliega el capote o la muleta”. Y vigila “cómo hace el toro por comerse los terrenos del torero”.

Cuando se produce un percance, el equipo de cirujanos tiene “una idea muy exacta del alcance de las lesiones”, a pesar de que el pitón puede alcanzar lugares muy dispares y distanciados del punto de la entrada, normalmente en el triángulo de Scarpa.

“Hemos tenido casos de un pitón que ha entrado por encima de la rodilla izquierda y ha alcanzado la arteria ilíaca en el lado derecho de la cadera… ¡casi sesenta centímetros! -dice, mientras levanta sus cejas blanquecinas-. O un cuerno que entró por debajo del pene y llegó hasta el bazo”.

Pero el burladero electrónico no es perfecto y García Padrós se ha llevado alguna sorpresa. “En una ocasión, un toro golpeó a un novillero en una pierna. El chico se ahogaba. La cuadrilla le daba aire y agua. Al rato le trajeron a la enfermería y, entonces, pudimos ver que tenía una cornada que había entrado por la zona de la axila, en la parte abierta de la chaquetilla”. Padrós todavía no sale de su asombro: “tenía tres perforaciones en el pulmón” .

Cornadas por fuera y por dentro

En el mundo taurino las heridas son muy engañosas. Muchas veces el orificio de entrada del pitón en la piel no coincide con el de la aponeurosis o membrana de tejido fibroso que recubre el músculo, “son distintas texturas y distintas contracciones”, explica García Padrós.

El cirujano sabe que detrás de una cornada puede haber un ramillete de pitonazos. Cuando Padrós mete el dedo en una herida busca “el túnel y otras posibles trayectorias de la cornada, ya que el toro cabecea y todo depende del tiempo de la embestida y de las torsiones propias del torero”, puntualiza.

El quirófano de la Ventas resuelve el 98% de los percances que suceden en el albero, aunque sean roturas musculares tremendas. Pero lo que más temen en la enfermería son las roturas vasculares o de nervios.

“Las hemorragias son muy llamativas pero se cohíben con unas pinzas. En cambio, el desgarro en la arteria femoral sólo se puede solucionar en un hospital”.

El quirófano de Las Ventas no puede realizar arteriografías e injertos y se limita a coger los cabos de la arteria y dejar al torero en manos de un cirujano vascular. “hay que saber lo que sí y lo que no puedes hacer… hasta dónde puedes llegar”, asevera García Padrós.

En 46 años como médico ha tratado cornadas muy graves, como las de Israel Lancho, Vicente Punzón o Caracol. Y solo ha fallecido un peón de la cuadrilla de Joselito.

“Llegó muerto a la enfermería y salió vivo. Tenía arrancamiento de tiroides, carótida, yugular… la herida llegaba hasta la base del cerebro. Falleció en el hospital siete días después. No pudo ser”, recuerda con tristeza García Padrós.

Una familia de médicos muy toreros

García Padrós nació a principios de los cuarenta y su padre, que por aquel entonces era primer ayudante del cirujano Jiménez Guinea, le llevó a la plaza desde muy temprana edad. “Para ser cirujano en los toros tienes que tener mucha afición porque si no es así sales rebotado”, opina.

Padrós recibió la alternativa de su padre a mediados de los ochenta, y desde entonces sólo se ha perdido ocho festejos, más o menos -en Madrid se celebran alrededor de 70 corridas por temporada-. De hecho, no tiene vacaciones de verano, o para ser más exactos, y como dice su mujer, las vacaciones familiares son “de lunes a toros”.

El cirujano va camino de torear 46 años de cornadas y casi siempre le han concedido las dos orejas y el rabo. No ha salido a hombros por la puerta grande de la enfermería pero siente, con mucha hondura, el respeto de todas las cuadrillas.

Y en los carteles de las corridas de toros  no estampan su fotografía, pero el mundillo de la fiesta sabe que, en una tarde soleada, con la plaza de Madrid llena hasta los topes, García Padrós le pasará los trastos de sanar a su hijo, un tercer Máximo, en presencia de un testigo muy experimentado, un crucifijo que cuelga en la pared de la enfermería de Las Ventas… ¡Ahí es nada!

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