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Bajada al infierno de la epoc

EFEsalud ha accedido a una consulta médica para conocer de primera mano los efectos del tabaco: Toribio, Juan, Julia, Albano, María Dolores y Eduardo fumaban y ahora viven pendientes de las medicinas inhaladas o de una botella de oxígeno dieciséis o veinticuatro horas al día

Bajada al infierno de la epoc
EFE/ Marcelo Sayao

Todos ellos forman parte de los 2.100.000 españoles afectados de Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica, lo que conocemos como epoc grave en sus diferentes grados, aunque el 73% no lo saben. Un millón y medio de personas no están diagnosticadas a pesar de que la EPOC será la tercera causa de muerte en el año 2030.

Los pacientes de la doctora Rosa Mar Gómez-Punter, neumóloga del Hospital de La Princesa de Madrid, son fumadores o exfumadores. Tienen sus vías respiratorias muy afectadas y superan con mucho los cuarenta años de edad, cuando la EPOC empieza a dar su verdadera cara (tos, expectoración y fatiga).

Estos enfermos, de estadío 3/4 en EPOC muy avanzada, necesitan medicinas inhaladas más de tres veces al día, otro inhalador de ‘rescate’ para pequeñas crisis de ahogo, fisioterapia respiratoria, oxígeno medicinal casi permanente y ayuda de sus familiares. En los últimos años, broncodilatación dual LAMA/LABA de acción rápida y prolongada en el tiempo.

Generación de fumadores

Toribio es un señor de los de antes. Con 88 años, viste traje y corbata. Escucha con atención a la doctora y contesta a las preguntas del periodista sin disimulo: “Fumaba como un carretero. Todo el mundo lo hacía y yo también”. “Ahora soy como un coche viejo que tiene que ir al taller”.

Mientras la doctora le aplica el estetoscopio en la espalda y en el pecho, Toribio presume de “motor”, aunque le cuesta reconocer que el tabaco le ha dejado sin gasolina y que su bólido llegará a la meta con la carburación echando humo en la recta final de la vida.

“No se debería fumar… no te beneficia en nada”, reflexiona antes de despedirse con suma cordialidad.

Juan entra a continuación en la consulta siguiendo los pasos de su respiración. Fuma desde que era un chaval. Se aplasta en la silla. Las palabras salen cansadas de su boca: “Doctora, me fatigo muchísimo… apenas puedo levantarme de la cama y cuando lo consigo… me tengo que sentar de nuevo a descansar”. Juan, que era ebanista de profesión, duerme con una botella de oxígeno.

Rosa Mar le observa; le pregunta; rellena datos en su ficha… sabe que hay algo escondido. Juan la mira, pero su respiración lo delata. La Doctora le coloca un pulsioxímetro en el dedo índice… Juan está algo peor y termina reconociendo que sigue ‘en la brecha’… cuatro o cinco cigarrillos al día.

Stop a la EPOC grave

Juan admite, también,  que le da vergüenza pasear por la calle con la botella de oxígeno a cuestas y que no hace los ejercicios de fisioterapia respiratoria obligatorios para poder expectorar las flemas blanquecinas que se acumulan en la tráquea.

“Así no conseguimos nada” le dice la doctora. Para que la EPOC no avance y el pulmón no deje de funcionar hay que acabar con la adicción al tabaco. No hay atajos, ni escapatoria, ni escondites, ni excusas.

Juan promete cambiar, una vez más, y la doctora le ofrece una sonrisa llena de ternura. Entonces Juan piensa en su nieto, que ya fuma y rehuye las verdades del abuelo: “El tabaco es una salvajada y deberían prohibirlo; incluso dejar de fabricarlo. Es una auténtica porquería”.

Según datos de 2011, el 18% de los españoles fuma y alrededor de 55.000 fallecen a causa del tabaco cada año, una mortalidad superior a la suma de las ocasionadas por el sida, el alcohol, las drogas ilegales y los accidentes de tráfico.

Las dos caras de la moneda

La doctora Rosa Mar abre la puerta a Julia, de 70 años. Va en silla de ruedas porque está escayolada. Se ha roto un hueso de la pierna izquierda. Se desplomó en casa, de repente. Su hermana Carmen, un año mayor, tira de ella. Carmen, que nunca ha fumado, está ágil, lúcida y su aspecto es muy saludable.

Julia fumaba mucho hasta que el corazón dijo basta. Se recuperó y dejó de fumar. Pero la EPOC no te da una segunda oportunidad. “No me gusta la situación a la que he llegado -nos dice-. Estoy casi inválida por un motivo o por otro“.

Julia y Carmen, dos hermanas con diferente calidad de vida. EFESALUD/ GRB

En esta familia, los García, de ocho miembros, fumaban seis. El padre padeció un enfisema pulmonar. Carmen salió a su madre y además es una hermana ejemplar: “la traigo, la llevo, la muevo. En cambio ella no me puede ayudar”. Julia la escucha y dice con tristeza: “Ya no tiene solución”.

A mí no me va a pasar

La doctora llama a María Dolores, que viene acompañada de su marido. Un hombre alto y de ojos azules. Ella se acomoda en el borde de la silla, con los brazos, tostados por el sol, sobre la mesa. Está inquieta. Quiere saber el resultado de la última espirometría.

“No son buenas noticias -le dice la neumóloga-. Tu capacidad pulmonar ha disminuido“.

“¡Pero si ha pasado un verano maravilloso! -opina el marido-. Hemos paseado, se ha bañando en la playa. Se encontraba estupenda”. La doctora se pone algo seria y repasa los datos… quizá el análisis está equivocado… o quizá… “tuve un catarro la semana pasada” -apunta María Dolores-… quizá sea el catarro.

A María Dolores le brillan un poco sus ojos castaños. Es una señora muy elegante que pasa de los cincuenta. La EPOC no distingue entre clases sociales. “Llevo ocho años sin fumar -se lamenta- y nunca pensé que el tabaco me pasaría factura“.

El tabaco es el causante del 95% de los casos de EPOC y del 90% del cáncer de pulmón. 50 personas fallecen al día en España, el 74% hombres, aunque en los últimos años ha aumentado de forma significativa el número de mujeres.

Amante fiel y absorbente

Albano entra en la consulta con su hija Ana y de la mano de ‘Catalina’. Albano empezó a fumar de jovencito. Sus amigos le decían “ponte un pitillo en la boca y ligarás más con las chicas”. Y así lo hizo.

Hace un cuarto de siglo dejó el tabaco y quince años después se echó una novia inesperada. Se la presentaron en un hospital.

Desde entonces son inseparables: duerme con ella; se ducha con ella; hace los ejercicios con ella; desayuna, come y cena con ella; pasea con ella; y sobre todo, respira por ella.

“Mis nietos siempre me han visto con Catalina. Les gusta jugar con sus botones y sus gomas, y me hacen bromas cuando hacemos juntos los ejercicios. Cuando me preguntan por qué salgo con Catalina, yo les respondo que cometí un error de juventud”.

Albano le comenta a la doctora que está agotado, que se fatiga mucho a pesar de Catalina: “Cada cuarenta pasos, tengo que descansar”. Catalina, su botella de oxígeno, pesa demasiado.

La neumóloga pregunta a Albano sobre las tres tomas diarias de medicinas inhaladas en presencia de “Catalina”. EFESALUD/ GRB

La doctora Rosa Mar explica que uno de los objetivos del tratamiento es evitar y prevenir las exacerbaciones. “Cada vez que un paciente sufre un agravamiento -dice- su pulmón se deteriora un poco más y no recupera el estado anterior a esa crisis aguda”.

El engaño de ‘La Colasa’

El último paciente grita a los cuatro vientos que el tabaco es “fantástico” y para demostrarlo Eduardo canta en la consulta un estribillo del famoso chotis ‘La Colasa’ interpretado por Celia Gámez: “Tabaco y cerillas, aquí no hay colillas. Si quiere fumar no debe dudar. Mi estanco está abierto y puede usted entrar”.

Pero la doctora Rosa Mar le recuerda el tango ‘Fumando espero’ en el que lo importante no es el humo sino “…la batalla en que el amor estalla…”. Y todos sabemos que si los pulmones no funcionan y se agotan enseguida “… el cuerpo languidece y tras el cigarro no crece la fuerza y el vigor…”.

Eduardo no es un hombre vencido, ni mucho menos; solo es una persona, atleta en su juventud, que quiere ganar a su enfermedad a base de codazos en plena competición, incluso con trampas: “¡Quién fuera mi hijo, por la edad, claro!”. Pero no hay vuelta atrás. La EPOC te gana poco a poco y de nada sirve mirar hacia otro lado.

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