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Desperdiciar a profesionales sanitarios en pandemia: el caso de la farmacia en España

“La farmacia puede y quiere hacer más. Y siempre responde”, como ha ocurrido especialmente en los meses más duros de la pandemia. “¿Por qué nos permitimos rechazar un recurso fiable, disponible? Nuestros gestores tienen la respuesta. Y la responsabilidad”. Esta es la visión del farmacéutico comunitario Jaime Acosta quien, en un artículo para EFEsalud, destaca el partido que se les puede sacar a las farmacias: desde vacunar hasta actualizar la receta electrónica

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Un hombre pasa junto a una farmacia abierta en Córdoba durante la pandemia de coronavirus. EFE/Rafa Alcaide

Jaime Costa es miembro de la Federación Internacional Farmacéutica y, en este artículo, también destaca el papel que la farmacia tuvo en la primera ola de la pandemia con el confinamiento.

Desperdiciar a profesionales sanitarios en pandemia: el caso de la farmacia en España

Por Jaime Acosta, farmacéutico comunitario y miembro de la Federación Internacional Farmacéutica (FIP)

Venciendo la tentación de empezar este cuento por el final, prefiero guiar cabalmente a los lectores por su introducción, nudo, y desenlace. Como se debe.

La introducción es en general -desgraciadamente- conocida por todos: érase una vez un mundo globalizado en el que un nuevo virus surgido del Este, al contrario que en el original, logró que el emperador se diera cuenta de su desnudez. Nada parecía funcionar. Los ciudadanos contraían una enfermedad desconocida para la que no había tratamiento, y no recibían la atención que necesitaban.

Los centros de salud estaban en el mejor de los casos colapsados cuando no cerrados, y los teléfonos donde se les debía informar comunicaban y comunicaban. ¿Qué debían hacer los ciudadanos para no contagiarse ni contagiar a sus familias?¿Qué síntomas eran los que tenían que reconocer para reconocerse como enfermos? ¿Cuándo su estado era lo suficientemente grave como para ir al hospital?

Mientras el sistema sanitario estaba colapsado, y los ciudadanos recibían el mensaje de que evitaran en lo posible ir a los hospitales salvo necesidad urgente, la gente sabía dónde acudir. Mientras todo estaba en discusión y la población confinada y angustiada, en lo peor de la crisis, 55.000 farmacéuticos abrían puntual y diariamente las puertas de sus farmacias para atender la demanda de información y productos para la salud.

No solo podemos estar muy orgullosos de que a nadie le haya faltado un medicamento, sino que desde las farmacias se ha dado información individualizada de manera presencial, por teléfono, y a través de redes sociales a ciudadanos angustiados. En solo un mes, 5 millones de consultas. 5 millones. Y se visitaron 850.000 domicilios. También a pacientes positivos en COVID-19. Y todo en ausencia general de materiales con los que protegerse.

Los farmacéuticos y sus equipos han dado la cara, arriesgando sus vidas y las de sus familias para cumplir su misión con la sociedad. Y han cumplido con nota, pagando un precio muy alto: 17 profesionales dieron su vida por cumplir su deber.

Pero es más. Mientras los farmacéuticos veíamos cómo el sistema sanitario se desplomaba en un momento crítico, nos hemos ofrecido para ser más útiles.

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Jaime Acosta, farmacéutico comunitario y miembro de la Federación Internacional Farmacéutica (FIP). Foto cedida

Como en otros países, los farmacéuticos podemos hacer más, durante y después de esta pandemia. La salud y la economía están en juego.

Podemos ser útiles, por ejemplo ayudando a cribar a la población por fin a través de test de antígenos. No solo asesorando a los ciudadanos en cómo usarlo (no es difícil, pero puede ser confuso y es vital utilizarlo correctamente).

Desde 2020, catorce países europeos (Austria, Bélgica, Chequia, Francia, Alemania, Irlanda, Italia, Malta, Países Bajos, Portugal, Rumanía, Suecia, Turquía y Reino Unido) permiten a sus ciudadanos adquirir libremente un test autorizado de COVID-19 en la farmacia o bien realizarse la prueba directamente por farmacéuticos formados dentro de protocolos establecidos por las autoridades sanitarias, conscientes de la importancia de aumentar su capacidad de diagnóstico para frenar el virus.

En España, esta autorización acaba de llegar y ya estamos viendo que la demanda es muy elevada en las farmacias. Un año después que en los catorce países europeos mencionados.

El Ministerio de Sanidad debería ofrecer explicaciones sobre la demora a que los farmacéuticos españoles participen en la detección precoz del virus a través de la realización de tests de antígenos, que van a ser una herramienta muy útil para buscar activamente a las personas contagiadas, en contra de la estrategia pasiva anterior.

Busquemos al virus. Permitamos que los farmacéuticos ayudemos a los pacientes y registremos su resultado en el sistema, como ya permite Galicia, Cataluña, Andalucía y Murcia. Los pacientes con resultado positivo tienen muchas dificultades para acceder a un sistema, al que además van a colapsar más. Utilicemos las farmacias.

Podemos ser útiles para llegar a vacunar a más población y más rápido, ofreciendo una opción más de acceso a la vacunación, liberando recursos del sistema público.

Dejemos que los pacientes puedan elegir si quieren vacunarse por su farmacéutico, a unos metros de su casa, en un horario que le convenga, en condiciones de calidad y seguridad como sucede en más de 40 países. ¿Por qué no? Contamos además con la confianza de la población, que es clave para afrontar las legítimas reticencias que algunos pacientes tienen sobre la vacunación contra la COVID19.

Podemos ser útiles cuando vemos a diario cómo los pacientes tienen caducadas sus recetas electrónicas, y no podemos más que encogernos de hombros y remitirles al médico, para que se les atienda tarde tras pasar por las dificultades actuales de contactar con su centro de salud. Hay multitud de experiencias de éxito por las que farmacéuticos de otros países se hacen responsables de la renovación de esas recetas, especialmente de pacientes menos complejos evitando de nuevo visitas a un sistema colapsado. ¿Puede un paciente esperar una semana sin su tratamiento? La respuesta parece clara.

Podemos ser útiles en una larga lista de ayuda como visitar a colectivos frágiles y con problemas sociales en sus domicilios para ayudar a tomar bien sus medicamentos, a prescribir, a evitar desplazamientos a hospitales solo a que pacientes recojan medicamentos, a hacer cribados para detectar antes la enfermedad y llegar mejor a más gente.

La enseñanza de este cuento es que la farmacia puede y quiere hacer más. Y siempre responde ¿Por qué nos permitimos rechazar un recurso fiable, disponible? Nuestros gestores tienen la respuesta. Y la responsabilidad. Pongamos el mejor final posible a este cuento, y contemos con todos los que quieran y puedan ayudar.

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