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En la mente de un ultra del fútbol

El fuego de las bengalas, los gritos, las botellas rotas… la excitación provocada por este ambiente es la base de la historia de violencia en el fútbol, donde el aficionado radical esconde tras sus puñetazos una desvirtuada escala de valores, la intención de encajar en el grupo y la búsqueda de poder

En la mente de un ultra del fútbol
EFE/Bernd Wuestneck

Tres factores que convierten un partido en una batalla y un hincha rival en un enemigo, una idea que el pasado domingo 30 de noviembre se cobró la vida de Francisco Javier Romero Taboada, conocido como “Jimmy”, un aficionado de 43 años de edad y dos hijos, que participó junto a un grupo de Riazor Blues en una reyerta contra ultras del Frente Atlético, en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón.

Los expertos Guillermo Fouce, doctor en psicología de la universidad Carlos III de Madrid y Patricia Ramírez, psicóloga de salud y deporte ayudan a entender, en declaraciones a Efesalud, que personalidades se esconden detrás de la brutalidad de estos actos.

“Lo que causa la violencia es una falsa creencia de cómo defender a tu equipo”, afirma la psicóloga.

Partir de una base equivocada no supone un problema para un individuo radical que pierde su racionalidad bajo la fuerza del grupo, expresada a través de un lenguaje bélico y acciones violentas, alimentadas por el consumo de alcohol y drogas.

Origen de una violencia no justificada

Esta dinámica de grupo, en torno a la falsa creencia de que un equipo de fútbol necesita ser defendido con brutalidad, contamina y anula las individualidades y crea una voluntad común, fácil de seguir sin hacerse preguntas, pero con consecuencias individuales.

“Se animan y retan los unos a los otros hasta llegar a hacer cosas que no se atreverían a hacer solos”, remarca el doctor Fouce.

Un aficionado gesticula frente a las fuerzas de seguridad en el encuentro de fútbol entre Serbia e Italia, en Génova, Italia. Efesalud.com
EFE/Luca Zennaro

Ello genera una espiral de violencia que puede partir de:

  • La necesidad de contrarrestar con agresividad su inseguridad o sus frustraciones.
  • Problemas de autocontrol que impiden al cerebro activar los mecanismos que diferencian entre lo que se desea y lo que se debe hacer.
  • Una carencia en el sistema de valores y una confusión entre lo que está mal y está bien.
  • Trastornos antisociales de la personalidad.

Los rasgos de uno de estos trastornos, la psicopatía, permite entender cómo una persona puede actuar de forma violenta contra otra debido a problemas como la falta de empatía, la impulsividad o la búsqueda de riesgos y desafíos.

Sin embargo, como aclara la especialista en salud y deporte, Patricia Ramírez, “detrás de la violencia se pueden encontrar trastornos de la personalidad, pero ello no la justifica”.

Tipos y objetivos de las agresiones

La búsqueda de venganza o la defensa de unos supuestos ideales se relaciona con la intención, por parte del aficionado radical, de ser aceptado en un grupo y, tras conseguirlo, de alcanzar el mayor poder posible dentro de él.

“El colectivo reparte beneficios entre los más violentos, de tal manera que el que muestra mayor violencia, tiene status mayor”, añade el doctor Fouce.

Pero para obtener poder a través de la violencia no sólo es necesaria la fuerza bruta sino también la organización y la predisposición para cometer este tipo de agresiones, lo que permite diferenciar dos tipos de actos violentos:

  1. La violencia planificada o predatoria, en la que se prepara una determinada situación para hacer daño.
  2. La conducta violenta espontánea, relacionada con el estado individual de cada persona.

En los hinchas más radicales la combinación de ambas modalidades se suma al consumo de alcohol y drogas, lo que les permite desinhibirse.

“Estos facilitadores, como el alcohol y las drogas, son utilizados para hacer cosas que no se atreverían a hacer en otro momento”, aclara Guillermo Fouce.

Ello es posible debido a la actuación de estas sustancias sobre el lóbulo frontal, donde se encuentran los límites y las normas sociales, lo que “permite a una persona ser más graciosa con el alcohol, ya que hace cosas que no haría, pero que aumenta la agresividad en un individuo violento”, explica la doctora Ramírez.

Cómo actuar en un problema sin edad

Hinchas encienden bengalas durante el partido entre el Werder Bremen y el Hamburger SV en el estadio Weserstadion de Bremen (Alemania). Efesalud.com
EFE/EPA/Carmen Jaspersen

Aunque este tipo de conductas se suele relacionar con personas jóvenes, la participación de adultos en actos violentos puede estar ligada a la dificultad para escapar de la dinámica de grupo o la necesidad de dar ejemplo como líder del mismo.

Por ello, aunque en términos generales estos comportamientos se diluyen con la edad, según el doctor Fouce, “algunas personas se convierten en dirigentes que suelen actuar en segunda línea para guiar a los jóvenes violentos”.

En todo caso, como aclara la doctora Ramírez, “tener hijos y una determinada edad no te da la madurez ni los límites”.

Un ser humano, sin ambos fundamentos, es difícil de tratar desde un punto de vista psicológico, ya que no suele existir la voluntad de ser ayudado, por ello el psicólogo Guillermo Fouce destaca que la única forma de intervenir es individualmente, después de ser detenidos.

El objetivo no sólo es trabajar la empatía sino romper su creencia de que lo que están haciendo está bien y eliminar la vinculación de la agresividad a la percepción de beneficios en la sociedad, como que la gente haga lo que ellos quieran, debido al miedo que provocan.

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