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En el cerebro de los superhéroes

Cuando se quitan sus máscaras y cuelgan sus capas en el armario, los superhéroes revelan su otro lado: el de las emociones y los trastornos más humanos. Los escritores Juan Scaliter y Manuel Cuadrado pusieron sus cerebros al microscopio para tratar de entenderlos (y de entendernos). EFEsalud presenta esta historia de acción pura que se desarrolla en la mente

En el cerebro de los superhéroes
EFE/EPA/Warner Bros/Alberto Estévez/Jan Woitas/Kim Hee-Chul

Este es un relato de héroes y villanos protagonizado por humanos, Scaliter y Cuadrado, que lanzaron recientemente el libro “En la mente de los superhéroes” (Robin Book), un compendio de ciencia, medicina y antropología que toma los cómics como pretexto para sorprender a los lectores, como un “BANG!” entre los cuadros de un capítulo.

La idea de Scaliter era profundizar en “los aspectos que hacen distinto el cerebro de un esquizofrénico, un psicópata o un superdotado”, como explicó en una entrevista a EFEsalud.

Le propuso su plan a Cuadrado y, al mejor estilo de la Liga de la Justicia, se pusieron a escribir juntos para resumir en 217 páginas el trabajo que otros mortales están incubando en laboratorios, en palabras de Scaliter:

“Los grandes héroes son los científicos, gente que desarrolla un implante coclear para que un bebé pueda oír, por ejemplo”.

Cuenta además que entrevistaron “a expertos en cada campo para que expusieran los trastornos y la investigación que estaban gestando para resolverlos en términos profanos, que pudieran entender todos”.

Cuadrado añade que otra de las “riquezas del libro es que reúne proyectos que se están desarrollando en este momento” y aclara que tiene “un baño de humildad”, porque la ciencia “está cambiando continuamente”.

El proceso

Los cómics tienen dos perspectivas: el guión y el dibujo. Cuando la historia cuaja en la mente del artista, las hojas en blanco se llenan de trazos hasta que buenos y malos cobran vida y, viñetas después, están definiendo el destino de algún planeta. El proceso para Scaliter y Cuadrado fue similar.

“Teníamos una tabla con cuatro partes: emociones, capacidades, trastornos y accesorios de los superhéroes”, apunta Cuadrado. Luego escribieron las enfermedades que querían desentrañar y Scaliter “localizaba al villano o al héroe que podía servir de excusa para hablar de la histeria o la superinteligencia”, agrega.

El resultado es una radiografía de la mente de los superhéroes, que son analizados desde las neurociencias y desde la óptica de quienes están intentando frenar, por ejemplo, enfermedades neurodegenerativas con pruebas que hacen una y otra vez, tal y como los buenos de los cómics evitan catástrofes una y otra vez.

¡Los buenazos!

Viven atormentados por alguna tragedia personal; luchan contra los mismos villanos tantas veces que ya deberían ser amigos en Facebook y seguro tienen cientos de fotografías de victorias: ¿qué sería de la imaginación sin estos modelos a seguir?

Desde que apareció El Fantasma en 1936 o Superman en 1938, los nombres que se disputan el título del primer superhéroe de la historia, millones hemos soñado con tener poderes que nos saquen de la aburrida normalidad.

Pero, como sabiamente aprendimos de Spiderman que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, la pregunta que surge es hacia qué lado de la balanza inclinaríamos una habilidad caída del cielo. El siguiente grupo de personajes se inclinó hacia la luz. ¿Te identificas con alguno?

Ese tímido Superman

Su nombre real es Kal-El, como lo bautizaron sus padres en Krypton antes de enviarlo a la Tierra para salvarlo. Aquí creció como Clark Kent, el estereotipo del tímido: cero relaciones, gafas de pasta y una actitud hacia la vida sin pena ni gloria… hasta que se pone la capa. La timidez es más interesante de lo que se cree.

EFE/Rungroj Yongrit

Los autores explican en el libro que “un 20% de los humanos nace con hipersensibilidad a la percepción sensorial”. Los tímidos son especialistas en los detalles y por eso son extremadamente inteligentes, en palabras de Scaliter:

“El tímido constantemente está observando y aprendiendo aunque no lo pueda manifestar y gracias a eso adquiere su inteligencia; un tímido nos ve mejor que cualquier otra persona”.

Los estudios que reseñan atribuyen la causa de esta concentración a que “en estos individuos las áreas encargadas de procesar la información visual se muestran particularmente activas mientras juzgan sutiles cambios a su alrededor”. Pasa con los tímidos reales: los poderes de visión de Superman trascienden la metáfora.

Susan Storm: tormenta de pasiones

La Mujer Invisible obtuvo su poder tras una tormenta solar que afectó su ADN y el de sus compañeros: Los 4 Fantásticos. Su habilidad está relacionada con su personalidad porque, como narran los autores, es víctima del fenómeno cuando “se sentía enamorada (del Hombre Fantástico) pero invisible a los ojos de su objeto de deseo”. ¡Qué novelón!

La actriz Jessica Alba representó a Susan Storm en la versión cinematográfica más reciente de Los 4 Fantásticos. EFE/Johannes Eisele

Las mentes frías y calculadoras que subestiman el corazón deberían reconsiderarlo. “Lo que aprendimos de Susan Storm es que el amor es más de lo que pensábamos”, afirma Scaliter.

Agrega que “cuando se habla habitualmente de amor se piensa en el enamoramiento, pero es físico, es algo que te atrae hacia el otro y que no puedes controlar, en realidad tu cerebro está hecho una sopa”.

Aunque vuelva el cerebro una sopa, el amor parece necesario, por lo menos para combatir la depresión. “Semir Zeki, del University College de Londres, analizó la reacción de voluntarios al contemplar rostros de personas queridas, comprobando que el afecto desactiva las mismas zonas que ponen en marcha el desánimo”. Menos mal que Susan tuvo un final feliz.

Iron Man, un niño en su armadura

Tony Stark se define a sí mismo en Los Vengadores con cuatro adjetivos contundentes: “genio, billonario, playboy, filántropo”. Iron Man tuvo que afrontar muy joven la muerte de su padre y la responsabilidad del negocio familiar, pero no madura y vive en fiestas o en su laboratorio construyendo juguetitos. Qué buena conexión con su niño interior.

EFE/Felipe Trueba

Los autores relacionan la personalidad de Stark con la de Peter Pan, ese otro personaje que se niega a crecer. En su texto afirman que “el individuo con síndrome de Peter Pan es narcisista, lo que implica una desfiguración (a mejor) de su propia imagen”, lo que encaja en el perfil de Iron Man.

Scaliter lo describe mejor: “Stark no se compromete: pese a haber atravesado una experiencia traumática como ser secuestrado, sigue siendo un vividor, tiene una inmadurez que, por un lado, lo hace insoportable, pero por otro lo hace entrañable”. Sospechosamente parecido al niño de Nunca jamás.

Su amada Pepper Potts también necesita un análisis. Quizás ejemplifica el síndrome complementario al de Peter Pan, que es el de Wendy, el que padecen quienes siempre pretenden satisfacer a los demás. “Pepper es una madraza protectora”, enfatiza Cuadrado. Y Iron Man, sin duda, un niño travieso.

Un autista llamado Dr. Manhattan

Jonathan Osterman quedó atrapado en una cámara experimental y su cuerpo explotó en mil pedazos. Luego, se reconfiguró y nació el Dr. Manhattan, que puede manipular la materia. El problema es que sus poderes vienen con consecuencias: preferencia por el aislamiento y las tareas repetitivas. Este héroe de Watchmen podría ser un autista de piel azul.

EFE

“Los autistas se distinguen por una dificultad manifiesta para relacionarse con el otro, pero tienen una notable inteligencia, alguna cualidad que los hace únicos”, comenta Scaliter.

En el libro argumentan que “los sentidos de un autista funcionan de modo distinto. Determinados sonidos o el ruido intenso lo anulan. Evita las novedades, pero le fascinan los procesos reiterativos. No quiere mantener conversaciones. Entiende los números como algo con lo que relacionarse e identificarse, pero hacia las personas no manifiesta empatía”.

Los autistas viven en “un mundo sensorial aparte, que estaría distorsionado en comparación con lo que percibe un individuo considerado normal”, por eso no es extraña la barrera que levanta el siempre rígido Dr. Manhattan.

Batman abrazó su miedo

Bruce Wayne es otro millonario brillante con una tragedia personal en su historial: el asesinato de sus padres frente a sus ojos. Para rematar su triste infancia, cayó en una cueva llena de murciélagos y desarrolló una fobia que convirtió en su marca personal. Tenemos algo valioso que aprender de Batman.

EFE/Geoff Caddick

“Toda fobia se caracteriza por un temor agudo y prolongado provocado por un objeto, ser o situación, tanto si está presente como si se anticipa su llegada”, escriben los autores de “En la mente de los superhéroes”. Eso le pasó durante mucho tiempo al joven Bruce.

Todos tenemos una lista de cosas que hemos dejado de hacer por miedo y rezamos para que, en unos años, no las ubiquemos entre los arrepentimientos: murciélagos, arañas y hasta patos mirando en algún lugar del mundo (no es broma). Para Scaliter es un “mecanismo evolutivo. Está por verse si tiene alguna traza genética: si venimos con temor a cosas que puedan ser peligrosas para nuestra subsistencia o si es una conducta adquirida”.

La buena noticia es que se puede vencer. Un ejemplo del libro es el tratamiento de Katherina Hauner, de la Northwestern University en Estados Unidos, que convence lentamente a sus pacientes para que se acerquen a sus detonadores de pavor. Su trabajo reveló que cuando el proceso es exitoso, el “cableado de los cerebros” de los fóbicos cambia. Batman no es el único que puede golpear el pánico.

Los supervillanos

La maldad tiene muchas caras y orígenes. Las historias de bandidos están llenas de episodios tormentosos y severas patologías llevadas a la exageración. Esa eterna sonrisa histérica del Joker es más seria de lo que pensamos.

Pero, para la tristeza de los buenazos, los villanos lo pasan mejor en la mayoría de las páginas de cualquier cómic. Viven como si no hubiera mañana: roban, se burlan y hacen todo a su antojo. ¿A quién no le gustaría actuar sin pensar en las consecuencias?

Pero, antes de que el lado oscuro se asome, es crucial recordar que el bien siempre triunfa y que los malotes, por lo general, se llevan su BANG!, POW! ó CRASH! Si no me creen, revisen estos perfiles siniestros.

Baby Doll, la pequeña psicópata

Marion Louise Dahl parece una niña adorable, pero no es ni lo uno ni lo otro. Esta enemiga de Batman nació con una afección que le impide crecer. Es la estrella de un programa de televisión, pero cuando el show pasa de moda, enloquece. Después de cada maldad, se disculpa: “No era mi intención”. Quizás necesita unas nalgadas.

Cuadrado y Scaliter citan al especialista Robert Hare, que dice que los psicópatas son “predadores de su propia especie”. Luego, exponen que “un psicópata muestra indiferencia: simplemente no entiende el dolor en los otros”.

Al hablar de psicópatas saltan palabras preocupantes: astucia, egocentrismo, frialdad, superficialidad, deshonestidad y apatía. Parece una descripción de la caprichosa Baby Doll, pero a veces la realidad se parece a la ficción más de lo que quisiéramos.

“Quizás estemos en la generación Baby Doll, de niños que son favorecidos constantemente por sus padres, tratando de compensar el poco tiempo que pasan con ellos dándoles todos los gustos; así crean “monstruos” que, en lugar de devorar planetas, devoran afectos”, reflexiona Scaliter.

Joker, ¿por qué tan serio?

Contar su historia es complicado: no se sabe por qué es malo y tampoco es posible contar con certeza por qué tiene esa horrible mueca. El asunto es que, como archienemigo de Batman, nos ha sacado muchas carcajadas. ¿Quién no se ha reído alguna vez tras una broma del Joker?

EFE/Rungroj Yongrit

“La historia de la histeria es algo que nos hizo gracia”, recuerda Cuadrado. Se refiere a que “el vocablo histeria viene de la palabra francesa que designa al útero”, como escriben en el apartado sobre el Guasón. “En la antigua Grecia se creía que el causante de la histeria eran los cambios del útero”. Se supone que viajaba dentro del cuerpo y, cuando se estancaba en el pecho, la histeria se disparaba.

Hoy el concepto es más lógico. “La neurastenia no es una enfermedad como tal, sino una manifestación que brota en episodios más o menos prolongados, pero tras los cuales el sujeto siempre vuelve a la normalidad”, como aclaran los autores.

Los síntomas dan sentido a la fea carita del Joker: dolores, palpitaciones, rigidez, desmayos, convulsiones y un etcétera que termina con la recuperación. La histeria también está relacionada con la disociación de personalidades. Quizás no deberíamos ser tan duros con el Guasón porque, en muchos casos, podría no saber lo que está haciendo. Ja, ja, ja.

Harvey Dos Caras, el malo bipolar

Harvey Dent era el alcalde incorruptible de Ciudad Gótica hasta que un mafioso le deformó la mitad del rostro con una dosis de ácido. Parece que los políticos buenos no duran ni en la ficción. Esa venganza atroz divide la personalidad del gobernante, que comienza a jugar con el destino usando una moneda. Que nunca te toque llamar cara o cruz.

El actor Aaron Eckhart encarnó a Harvey Dos Caras en la última saga cinematográfica de Batman. EFE/Daniel Deme

“Bipolar es como se denomina a ese individuo que transita drásticas variaciones de humor, en ciclos que pasan de la eufórica hiperactividad a la postración sin consuelo”. Así definen Scaliter y Cuadrado la compleja personalidad que invade al villano con uno de los atuendos más audaces de los cómics.

Explican que este trastorno es una “epilepsia emocional” porque el cerebro bipolar “experimenta fuertes descargas en el fluido eléctrico que circula por su interior” cuando el lado frenético aparece. Cuando la depresión llega, la mente bipolar se apaga “y todo es inactividad”.

La bipolaridad, de una u otra forma, habita en cada uno de nosotros. Scaliter asegura que “todos tenemos varias personalidades como estrategia para reaccionar en cada momento” y Cuadrado cita a la docente y escritora Kay Redfield, que lidia con su enfermedad: “Los momentos de inquietud, desolación, convicciones imbatibles y entusiasmos descontrolados son los que dan forma a nuestra vida”.

Carnage o el rencor

La biografía de Cletus Kasady da escalofríos: mató a su abuela a los 10 años. Entró a un orfanato y ahí acabó con un celador y con la chica que lo rechazó. Este asesino en serie, conocido como Masacre o Matanza, terminó en la cárcel, como era de esperarse, pero ahí se encontró con un simbionte alienígena que llevó su odio a otro nivel y lo transformó en enemigo de Spiderman.

El amor vuelve sopa el cerebro, pero el odio es un misterio. Los autores argumentan que es un término vago porque “no se manifiesta en síntomas inmediatos, como sucede con la ira o el amor, sino en un resentimiento extendido cuyo estudio exigiría pruebas prolongadas en el tiempo” y por eso “a día de hoy no queda claro si existe en el cerebro alguna zona reservada a la ojeriza”. Serio problema.

Para Scaliter, lo sorprendente de Carnage es que representa a quienes a pesar de que han visto “cómo se vive en sociedad, no pueden respetar esos códigos porque le son indiferentes: no entienden el dolor ajeno”. Quizás estas personas tienen alguna falla en la amígdala, la “parte del sistema límbico involucrada en las emociones y la agresividad”, pero eso está aún por probarse.

Lo que sí es tristemente cierto es que “el amor-odio está separado por un pequeño guión. En el cerebro, la mayor diferencia entre ambos sería que mientras el arranque amoroso desconecta la capacidad de razonar (sopa), quien odia mantiene casi intacto su juicio calculador”. Odio – 1, amor – 0.

El torturado Rorschach

Walter Kovacs no califica como villano, pero sí como antihéroe: un bueno que rompe las reglas que un héroe normal jamás violaría. Lleva el rostro cubierto por una tela que imita las manchas de tinta del test de personalidad creado por el psicólogo suizo Hermann Rorschach. Abandonado por su padre y maltratado por su madre, desarrolla una inmunidad al dolor, un poder no tan bueno como lo pintan.

El actor Jackie Earle Haley brilló como el antihéroe Rorschach en la cinta Watchmen (2009). EPA/Peter Kneffel

El fenómeno se conoce como analgesia: hay personas que no saben lo que es el dolor. Scaliter y Cuadrado comentan que sufrir es una “estrategia evolutiva” porque “poseemos en el cerebro y en la médula una serie de estructuras tremendamente sofisticadas con el fin de procesar el dolor”. Si una herida no nos avisa, correríamos el riesgo de ignorarla.

Cuadrado no oculta su asombro: “es peligroso vivir sin dolor, de hecho, la tasa de supervivencia de las personas con analgesia es menor, porque se hacen daño, no aprenden de ese daño y, por lo tanto, están más expuestas”.

Afortunadamente, algunos científicos se están inspirando en los mecanismos de especies que no sufren, como las ratas topo, para “encontrar una cura efectiva para pacientes que padecen dolores crónicos”. ¿Será que Rorschach ayudaría con esta buena causa?

 

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