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En busca del neuroprotector que frene el ictus

Cada año unos 120.000 españoles sufren ictus, la mayoría del tipo isquémico que está provocado por un trombo que obstruye una arteria en el cerebro. El 29 de octubre se conmemora el Día Mundial de una enfermedad mortal e incapacitante que todavía no cuenta con un tratamiento que permita disminuir su impacto. La ciencia se enfrenta al reto de buscar fármacos neuroprotectores

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En busca del neuroprotector que frene el ictus
Tipos de ictus. Infografía de Unidad de Investigación Neurovascular. Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid.

Y ese es también el objetivo de un grupo de científicos de la Unidad de Investigación Neurovascular del Departamento de Farmacología de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, liderado por los catedráticos María Ángeles Moro e Ignacio Lizasoain.

En este laboratorio, la investigación se mezcla con la vocación, el tesón y la esperanza por encontrar un fármaco neuroprotector que sea efectivo administrado después del ictus isquémico, evitando que el daño neuronal se extienda. Un tratamiento ahora inexistente.

“El ictus es una emergencia neurológica y cardiovascular con una ventana terapéutica en su fase aguda muy corta. A pesar de que han sido muchos los ensayos preclínicos (con animales) de neuroprotectores que han mostrado efectividad, cuando llegan a los ensayos con humanos todos ellos han fracasado”, explica María Ángeles Moro.

Micrografía confocal que muestra la generación de una nueva neurona en el hipocampo de un ratón que ha sufrido un ictus. Imagen de la Unidad de Investigación Neurovascular. Facultad Medicina. Universidad Complutense.

Tres son los principales motivos de estos fracasos reiterados: el escaso margen temporal de actuación durante la fase aguda del ictus isquémico; la complejidad celular del cerebro y el no siempre óptimo diseño de los ensayos preclinicos y clínicos.

Para tratar el ictus en fase aguda solo contamos con un tratamiento farmacológico, un trombolítico cuya función es disolver el trombo en el cerebro.

Mientras que en el infarto de miocardio se pueden utilizar diferentes trombolíticos, para el infarto cerebral solo hay uno aprobado, el activador tisular del plasminógeno conocido como tPA por sus siglas en inglés. Es fundamental aplicarlo durante las 3 o 4,5 horas después del ictus para evitar el riesgo de hemorragia.

Además, antes de administrar, el tPA es necesario asegurarse de que se trata de un ictus isquémico, a causa de un trombo, que afecta al 85 por ciento de los afectados, y no un ictus hemorrágico o derrame cerebral, que se debe a la rotura de una arteria del cerebro, y donde estaría contraindicado al potenciar la hemorragia.

En el caso del ictus isquémico, también se utiliza una técnica, la trombectomía, que extrae el trombo mediante un dispositivo mecánico y permite alargar el margen de actuación más allá de cuatro horas.

Pocos tratamientos en fase aguda para una enfermedad cerebrovascular que, en España, es la primera causa de muerte en mujeres y la segunda en hombres y que deja importantes secuelas que incapacitan a más del 40% de los afectados.

Por eso el equipo de María Ángeles Moro no tira la toalla: “Hay quien ha dejado de creer en la neuroprotección, pero nosotros aún confiamos en ella porque los ensayos preclínicos nos demuestran su gran eficacia”.

Otra vía de investigación: la neurorreparación

Proceso de neurorreparación espontánea tras un ictus. Imagen cedida por la Unidad de Investigación Neurovascular. Facultad de Medicina. Universidad Complutense.

De la fase aguda se pasa a una larga fase en la que la enfermedad se cronifica. Las secuelas del ictus pueden ser devastadoras. Al menos un tercio de los afectados convivirán con restricciones motoras, cognitivas, depresión o dolores.

Tras el impacto inicial del ictus, el organismo humano reacciona durante las primeras semanas con un mecanismo de recuperación espontánea, que se observa incluso en pacientes con edades avanzadas. A la ciencia le interesa conocer dichos mecanismos de reparación endógena, ya que pueden aportar pistas para acelerarlos y mejorarlos.

Estos sistemas activos de neurorreparación consisten en el establecimiento de nuevas conexiones o circuitos cerebrales que reemplazan a los dañados, un mecanismo denominado plasticidad neuronal; pero también en la generación de nuevos vasos sanguíneos, angiogénesis, y nuevas neuronas en el cerebro adulto, la neurogénesis.

La Unidad de Investigación Neurovascular de la doctora Moro trabaja en estos mecanismos endógenos de neurorreparación con estudios sobre fármacos que, por ejemplo, propicien el establecimiento de nuevas conexiones neuronales, así como la generación de neuronas y vasos sanguíneos.

También se investiga con células exógenas, como en el caso del trasplante de diversas poblaciones de células madre. “De momento no ha habido grandes resultados -explica la neurocientífica- pero sí se observa que hay resultados esperanzadores, incluso en fase aguda, con células madre mesenquimales. Y lo que estamos aprendiendo es que, en realidad, no es la propia célula madre la que se diferencia e integra generando nuevos circuitos, sino que la acción beneficiosa se debe a que libera factores de crecimiento con acciones neuroprotectoras y que promueven la regeneración endógena”.

Sin embargo, tampoco existen medicamentos aprobados dirigidos específicamente a la neurorreparación. “Hasta la fecha, lo único que ha demostrado eficacia en la fase crónica es la rehabilitación, que contribuye a fomentar estos mecanismos endógenos de mejora”, indica.

Más del 50 por ciento de los afectados por un ictus experimenta cierto nivel de recuperación. “La capacidad de mejora es muy grande y será mayor cuanto antes actuemos. Lo principal es recanalizar la obstrucción, disminuir la lesión y empezar con la rehabilitación cuanto antes”, apunta la doctora en Farmacia.

La demencia vascular

Demencia vascular. Imagen de la Unidad de Investigación Neurovascular. Facultad de Medicina. Universidad Complutense.

Una tercera vía de investigación en el Departamento de Farmacología de la Complutense: la demencia vascular, “un campo que está a la vanguardia de la ciencia”.

El ictus es la segunda causa de demencia después de la enfermedad de Alzheimer. Además, muchas demencias tienen su origen en microinfartos cerebrales silentes que no se han detectado.

“Cuando nos enfrentamos a las demencias, es frecuente que no sepamos que su origen es cerebrovascular. Además, a veces las fronteras no están claras, ya que incluso se postula que el alzhéimer también pueda tener un punto de partida vascular”, precisa María Ángeles Moro.

Unas demencias cada vez más presentes en una sociedad envejecida.

La prevención funciona

La mejor medida para prevenir el ictus es evitar los factores de riesgo. Aunque puede existir una influencia genética en esta enfermedad cerebrovascular, es importante llevar hábitos de vida saludables que eviten la hipertensión, la hiperglucemia, la obesidad, cualquier enfermedad cardiovascular como la fibrilación auricular o la apnea del sueño, entre otros.

El control desde atención primaria con fármacos antihipertensivos, tratamientos antiagregantes y anticoagulantes ha reducido la incidencia en los últimos años en una enfermedad propia de edades avanzadas. Sin embargo, están aumentando los casos en la franja de 35 a 55 años por la hipertensión, la obesidad, el colesterol, el tabaco, el sedentarismo, el estrés o el consumo de drogas como la cocaína.

Los catedráticos María Ángeles Moro, segunda por la izquierda, e Ignacio Lizasoain, primero por la izquierda, con el equipo de la Unidad de Investigación Neurovascular de la Facultad de Medicina de la Complutense.

Reconocer los síntomas (sensación de cara dormida, dificultad para hablar, pérdida de control de las manos, intenso dolor de cabeza…) y dirigirse inmediatamente a un centro hospitalario es vital para actuar en las primeras horas.

Las unidades especializadas en ictus, ubicadas en los centros hospitalarios de las ciudades, han contribuido con su actuación rápida y el cuidado intenso y preciso del enfermo a reducir la mortalidad y la morbilidad del ictus en la población.

En España, existen 57 unidades de ictus y se espera la próxima apertura de otra más en Galicia. Actualmente todas las CC.AA. disponen del protocolo de actuación denominado “Código Ictus” y todas disponen de, al menos, una Unidad de Ictus. Sin embargo aún existen 19 provincias sin Unidad de Ictus, además de las dos ciudades autónomas, según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN).

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