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El largo romance entre los libros y los remedios

¿Qué relación puede haber entre la farmacia y la literatura? ¿Qué tienen en común las letras con las sofisticadas píldoras que se consiguen hoy para curar casi todos los males? El arte es quizás la forma más sublime de documentar la historia y “El herbario de Gutenberg” comprueba que los libros y los remedios tienen un romance que se remonta a la Edad Media.

El largo romance entre los libros y los remedios
EFE/ANTONIO GARCÍA

El escritor Raúl Guerra, el historiador Javier Puerto y el científico y poeta secreto Juan Esteva de Sagrera se quitaron sus trajes académicos y se pusieron sus batas de boticarios para preparar “El herbario de Gutenberg” (Cofares/Turner), presentado esta semana en el Instituto Cervantes, un libro que puede interpretarse como la historia de la farmacia a través de la literatura o como la novela de la farmacia.

Érase una vez…

Este idilio con olor a hierbas ancestrales comenzó en el siglo IX, en el Califato de Oriente, cuando “aparecieron unos artesanos ocupados expresamente en la preparación de medicamentos”, como reseña la obra.

En 1240, en el Reino de las dos Sicilias, la farmacia se separó de la medicina y se alzó como una doncella independiente gracias a las “Ordenanzas medicinales” publicadas por Federico II.

El médico Saladino de Ascalo describió en el Renacimiento al boticario ideal en el “Compendium aromatariorum”:

“Que no sea ni joven ni viejo ni altivo ni orgulloso ni mujeriego ni avaro ni egoísta. Debe ser trabajador, religioso, atento, consciente, justo, caritativo, cortés y siempre dispuesto al trabajo. No debe dejarse llevar por el amor o el odio en el ejercicio profesional. Ha de ser bien entendido en su arte. No debe contar de más, especialmente a los pobres”.

El romance con las letras

Las relaciones son complejas y la que existe entre la farmacia y las letras no es la excepción, podría decirse que nació del odio: “la crítica a los sanadores, médicos y boticarios va a ser una constante literaria hasta el siglo XIX”, dice “El herbario de Gutenberg”, y Puerto añade: “¿por qué tiene tan mala prensa la farmacia en los clásicos? Porque no servía. El medicamento de esa época era perjudicial”. No obstante, dicen que del odio al amor hay un paso.

Puerto, miembro de la Real Academia de la Historia, analiza la literatura española hasta la crisis del 98, comenzando por “La Celestina” de Fernando de Rojas, esa alcahueta especialista en brebajes mágicos. Luego, invoca a otra fémina particular: “La lozana andaluza” de Francisco Delicado, una meretriz sanadora, especialista en remedios y en otras artes.

“Don Quijote de la Mancha” también marcó la ciencia, como lo explica Guerra con una anécdota: “un médico del siglo XVII decía que no se debía estudiar con libros de medicina, porque era más provechoso leer El Quijote como un tratado de terapéutica de la época”. No se equivoca: el vocabulario se amplía con esta obra, plagada de emplastos, ungüentos, aguas y aceites supuestamente curativos.

El Barroco también documenta la labor de los boticarios en las obras de Góngora, Lope de Vega y Quevedo. La Ilustración, con el trabajo de Diego Torres de Villarroel, y el Romanticismo con Pedro Calvo Asensio.

Pero los farmacéuticos se vuelven protagonistas en “La serpiente enroscada”, de José Castro y Serrano y se conectan con la astrología en “Fortunata y Jacinta”, de Benito Pérez Galdós.

El idilio en otras geografías

El otro cómplice en este matrimonio es Raúl Guerra, cuyo aporte cubre los siglos XX y XXI. Él da un salto hacia los latinoamericanos Miguel Otero Silva, para quien el boticario “es un ejemplo de luz intelectual”; Gabriel García Márquez, con la “cotidianidad fantástica” que plasmó en “Cien años de soledad”, y Juan Carlos Onetti y su “Juntacadáveres”.

Juan de Sagrera, catedrático de la Universidad de Barcelona, se ocupa de la literatura universal. Repasa el trabajo de Luciano el incrédulo, Yourcenar, Molière, Chéjov y Proust, entre otros.

“El medicamento es un protagonista más de la novela de la vida. Buena parte de los medicamentos que se han usado son más literarios y fantasiosos que otra cosa. El más o menos científico es de hace cien años, lo demás es pura quimera”, asegura.

Sagrera cierra el capítulo con la “Oda a la farmacia”, de Pablo Neruda, “el mayor elogio jamás escrito a la farmacia”, un paliativo tras las críticas que han padecido los boticarios a lo largo de la historia.

¿El amorío sigue?

Aunque en España hay una farmacia por cada 2.023 habitantes, un promedio alto en la media europea según el Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos, “la figura del farmacéutico ha desaparecido y los medicamentos ganan en la cotidianidad; una marca registrada como Aspirina está admitida en el diccionario como sustantivo”, expresa Guerra.

“La clásica figura del boticario ha quedado reducida a una práctica comercial”, comenta. Las farmacias ya no huelen a yuyos y jarabes, sino a químicos industriales y pastillas. Tampoco son espacios para tertulias, sino lugares de paso sin nostalgia. ¿Acaso ha muerto el romance entre las humanidades y la ciencia? Para Puerto, no.

Menciona sonriente “Efectos secundarios”, de Almudena Solana, “una novela que usa el lenguaje de los medicamentos y que acaba de salir”, lo que para él es un síntoma de que la farmacia y las letras aún tienen un camino por recorrer, de la mano, como cualquier pareja.

 

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