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Javier Urra: el bien y el mal

El ser humano es capaz de derrochar toda la bondad, como nos ha demostrado la madre de Gabriel, y toda la dureza emocional, distanciamiento afectivo de Ana Julia Quezada. Y ambas, son humanas. Tendemos a buscar explicaciones patológicas y de enfermedad mental para exorcizar el miedo que supone darse de bruces con la maldad en estado puro, con el egoísmo exacerbado. El psicólogo Javier Urra, ex Defensor del Menor, escribe para EFEsalud sobre el bien y el mal

Javier Urra: el bien y el mal
Friso Gentsch

El bien y el mal

por Javier Urra
La sociedad muestra incomprensión, no puede entender, no quiere creer, que alguien mate con frialdad, simplemente porque un niño le molesta en sus intereses.

La Historia del ser humano entremezcla la creatividad, la imaginación, el humor, la compasión, el afecto, la generosidad, el altruismo, la cooperación… Pero también el Holocausto, la desatención, la falta de calidez, la incapacidad para sentir culpabilidad, para ponerse en el lugar del otro.

El ser humano es un ser animal, que gracias a la educación y a la cultura, evoluciona, pero es verdad que avanza mucho más en el ámbito cognitivo, de la razón, tecnológico, que en el control de las emociones y de los sentimientos.

Pareciera que el ser humano, o algunas de las personas siguen en el Paleolítico y cuando alguien les molesta acaban con él. Pero que nadie se equivoque, saben lo que hacen y hacen lo que quieren hacer.

Queremos creer que la educación lo puede todo, pero ciertamente no siempre es así. Se nace con un temperamento invariable, se evoluciona con un carácter donde interacciona el yo y las circunstancias. Y podemos intervenir con nuestra personalidad.

Hay gente que lucha por ser bondadosa, por dar lo mejor de sí a los demás, por llegar a ser Teresa de Calcuta. Pero también hay quien forja una forma de ser insociable, que no inhumana, generando una coraza afectiva, donde no hay espacio para la empatía, ni para la culpabilidad, ni para el arrepentimiento.

Si a usted que lee esto, yo le pregunto ¿qué sentiría si atropella a un perro? Muy probablemente me dirá que sentirá una gran pena, que sufrirá. Yo he entrevistado a psicópatas que te dicen “nada, no era mío”, y aunque no lo digan piensan igual de un ser humano.

Quizás usted esté pensando que hablamos de una psicosis, de una disociación, pero no es así, estamos abordando la psicopatía, ese posicionamiento en el que se mantiene la capacidad cognitiva y volitiva, y por ende se anticipan las consecuencias de los actos y conductas. Es por ello que los psicópatas son absolutamente imputables. No cabe la exención de responsabilidad, ni aún el atenuante.

Robert Hare (doctor en psicología y experto en el campo de la psicología criminal), con el cual he tenido el honor de compartir varias mesas redondas en distintos lugares del mundo, explica que el psicópata es alguien que baila, porque ve a los demás bailar, pero no escucha la música. Es decir, sabe lo que es socialmente inaceptable, pero él no lo percibe así.

En mi ya larga trayectoria como psicólogo forense del Ministerio de Justicia he trabajado en centros de reforma, he visitado muchas cárceles, he estado adscrito a la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia y a los Juzgados de Menores de Madrid, y me he enfrentado cara a cara con quien ha cometido hechos atroces desde los 14 años, como es el caso de “El Rafita”, que violó, mató y calcinó a Sandra Palo junto a otros compañeros.

Y he conocido a Arkán y a Rabadán, que una noche se levantó con su catana y destrozó y mató a su padre, a su madre y a su hermana de 9 años síndrome de Down. Y a…

el bien y el mal
Javier Urra, académico de la Academia de Psicología de España y expresidente de la Red Europea de Defensores del Menor/Brais Lorenzo

Me pregunto si pueden sentir, si podrían sentir. Y es una pregunta retórica, pues sé la respuesta, sienten y sienten mucho cuando les afecta a ellos.

Si voy a la cárcel y le pregunto a un violador multirreincidente ¿qué pasaría si ahora que tú estás entre rejas yo le hago lo mismo a tu mujer? La contestación es inmediata: “te mataría”.

Los psicópatas, los crónicamente insensibles, están bien ubicados en tiempo y en espacio. Buscan no ser detenidos, y cuando lo son aducen todo tipo de excusas, de consumos, de… He tenido que escuchar que las niñas de 6 años iban a seducirles, y otras muchas frases que chocan, no ya con la fiabilidad o validez del testimonio, sino con el sentido común, con las razones objetivas y físicas.

Somos humanos, tiernos, capaces de llorar por lo que fue o por lo que dejamos en heredad. Comprometidos en ONGs, gustosos de dedicar el tiempo al voluntariado, de dar, de compartir, de donar. Pero también coléricos, irascibles, envidiosos, rencorosos, con capacidad de odiar. Muchas veces desenfrenados, excesivos. La diferencia entre la persona normal y el psicópata está en que el ciudadano de a pie se sabe a veces imprevisible, con baja capacidad a la frustración, con escaso autocontrol, pero no adopta un posicionamiento absolutamente depredador. Le gustaría no ser como es, y ser más reflexivo, más sereno, más dialogante.

El psicópata no, el psicópata se recrea en su maldad, utiliza su inteligencia, que puede ser poderosa, o no, para abusar, para aprovecharse del otro, al que deshumaniza, al que no le otorga valor. Su principio único y esencial es el Yo, un Yo hipertrofiado, un Yo que no da cabida a los otros, ni al verdadero compañerismo ni a la profunda amistad.

Que cuiden, que auxilien, que ayuden, que se impliquen con el otro, que se olviden de su yo. Este es y no otro el antídoto contra la psicopatía, contra la dureza emocional extrema

Nos cabe, como prevención, como vacuna, educar en la sensibilidad, enseñar a jugar el juego de “el que no sabe lo que siente el otro pierde”.

Llevar a los niños a corta edad a campamentos para contactar con la naturaleza, para compartir, para practicar deporte, para mirar a las estrellas, para saber de la austeridad. Llevarlos a hospitales donde otros niños sufren, a veces sin futuro. Y acercarlos a los abuelos con demencia. E invitarles a que rieguen los tiestos, a que cuiden de un animal doméstico. Sí, que cuiden, que auxilien, que ayuden, que se impliquen con el otro, que se olviden de su yo. Este es y no otro el antídoto contra la psicopatía, contra la dureza emocional extrema.

Pero cuando todo ha fracasado, o simplemente no se ha implementado, solo cabe la sanción dura, continuada. Y desde luego, si no se aprecia cambio cognitivo, ni voluntad de arrepentimiento, si no se capta el profundo y sincero sentimiento de culpabilidad, si el sujeto en cuestión no pide perdón desde lo más íntimo de su ser, habremos de plantearnos desgraciadamente que el principio de reinserción que a todos nos mueve no es posible con quien no tiene voluntad de reinsertarse.

No nos confundamos, una cosa es cómo nos gustaría que fueran todos los seres humanos y otra cosa es cómo son. No caigamos en una estúpida inocencia que acabe defendiendo en algo a quienes gustan de la maldad, dejando en indefensión a quienes se posicionan en la bondad.

El ser humano es más libre, mucho más de lo que quiere asumir. No, no estamos predeterminados, puede haber situaciones que nos aboquen, pero habrá otras que propicien el cambio. Propiciémoslo, pero no permitamos que los más multirreincidentes, que los más sádicos, los más crueles, puedan reincidir. Ni la sociedad ni nuestra conciencia nos lo han de permitir. Y es que nosotros sí tenemos conciencia. Conciencia de lo que está bien y mal.

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