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Contacto piel con piel, eternidad única entre madre y bebé

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La enfermera especialista en obstetricia y ginecología, Rosabel Molina Olías, matrona en el Hospital de El Escorial de Madrid, nos explica en qué consiste el contacto piel con piel del recién nacido con su mamá: “Se coloca al bebé encima de su torso desnudo inmediatamente después del nacimiento, incluso sin haber cortado el cordón umbilical; una unión física y emocional que debe durar aproximadamente una hora sin que haya interrupciones innecesarias”.

“El contacto precoz piel con piel aporta muchísimos beneficios para el bebé, como la mejora de su adaptación cardiorespiratoria, el inicio y mantenimiento de la lactancia materna, el vínculo maternofilial y, en general, todos los procesos de adaptación fuera del útero. Durante las dos primeras horas de vida el recién nacido está en una fase de alerta tranquila, lo que facilita todos estos procesos”, destaca.

Piel con piel, vida pegada a la vida

“Sobre el cuerpo de la madre -continúa nuestra matrona-, el bebé, poco a poco, va deslizándose hacia los pechos maternos, poniendo en marcha los reflejos de búsqueda y succión del puño, y realiza un agarre instintivo del pezón. Este proceso puede durar unos setenta minutos”, especifica Rosabel, quien subraya una particularidad de este momento tan crucial:

“Muchas mujeres le ponen enseguida manoplas a su bebé, y quiero resaltar que los recién nacidos utilizan el olor de sus puños, todavía impregnados de líquido amniótico, como guía y elemento de aprendizaje para la succión. Si ponemos manoplas interferimos en este proceso natural; por lo tanto, no es recomendable”.

“En el Hospital de El Escorial -informa- el contacto piel con piel, ya sea tras un parto vaginal o un alumbramiento con cesárea, se lleva a cabo como rutina durante dos horas, y de ahí en adelante lo que la madre decida. Si no se pudiera hacer el contacto piel con piel, o no lo deseara la madre, pueden materializarlo el padre, el familiar o la amistad que se encuentre de acompañante en el paritorio“.

El bebé no recibirá en estos casos una gran serie de estímulos que solo una madre puede ofrecer, pero sentirá, como mínimo, “el calor de una piel, el movimiento acompasado de la respiración, el aliento de los susurros y las palabras y los latidos de un corazón emocionado… cuatro atributos universales muy humanos”, concluye Rosabel Molina Olías.

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