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Colombia, el segundo país más feliz del mundo

¿De qué depende la felicidad o la sensación de sentirse feliz? ¿Tiene relación con lo personal, lo social, incluso lo político? En 2017 Colombia ha vuelto a quedar segundo país más feliz del mundo en una encuesta a 55 países. La poeta, ensayista y filósofa colombiana Pilar Bonnet reflexiona sobre la felicidad tras conocer este sondeo

Colombia, el segundo país más feliz del mundo
EFE/Gustavo Amador

Colombia, el segundo país más feliz del mundo

Por Piedad Bonnet

En 2017 Colombia fue, nuevamente, el segundo país más feliz del mundo, después de Fiyi, una isla del Pacífico Sur con menos de un millón de habitantes, un ingreso per cápita de 4.921 USD y un promedio de vida de 70.26 años.

Entre los países que también se consideran más felices, según la encuesta realizada en 55 países por Gallup Internacional, Win y el Centro Nacional de Consultoría en Colombia, están Filipinas, México, Vietnam y Argentina, ninguno de ellos perteneciente al llamado “primer mundo”.

felicidad
La poeta, ensayista y filósofa colombiana Piedad Bonnet

Habría que empezar por preguntarse qué sentido tiene hacer una encuesta de esta naturaleza. O, yendo más al fondo, qué es aquello por lo que realmente indaga. Pues la felicidad, teóricamente hablando, es algo absolutamente indefinible. Difiere, por ejemplo, de la noción de bienestar, más aplomada y cercana a la de tranquilidad, considerada ésta como la suma de estabilidad laboral, acceso a la salud, a la educación, tiempo libre, etc.

Tal vez los lectores estarán de acuerdo conmigo en que en la felicidad hay algo de jubiloso, de eufórico, que el bienestar no tiene. Y, sin embargo, más allá de las dificultades filosóficas que plantea el término, creo que todos podemos aventurarnos – y más aún presionados por una encuesta- a decir si somos muy felices, simplemente felices, infelices o muy infelices, pues se trata de una percepción subjetiva que se resiste, incluso, a las explicaciones racionales. Así que creo que si un porcentaje representativo de colombianos contesta reiteradamente, año tras año, que es feliz, es que así se sienten.

El caso es que 88 de cada 100 colombianos dicen sentirse felices. Y que en Colombia este resultado siempre es recibido con interés y gran despliegue de los medios, con incredulidad no exenta de sorna, pero también de curiosidad, entre los comentaristas, y en ciertos sectores, hay que decirlo, con una alegría pueril que explica el fenómeno por cosas como la belleza de los paisajes del país, “sus mujeres bonitas”, la bonhomía de sus gentes, etc.

¿Lastra la violencia la felicidad?

Soy, por supuesto, parte de los tremendamente desconcertados, que no se explican cómo en un país que ha sufrido y sigue sufriendo toda clase de violencias, con seis millones de desplazados, un índice de desigualdad que nos ubica en un deshonroso octavo lugar en el mundo, unos niveles de corrupción altísimos, que desangran la salud y la educación, y en medio de un clima de confrontación política altamente agresivo, los ciudadanos pueden considerarse tan felices. Máxime cuando el pesimismo sobre el futuro político y económico es grande. Y aunque sé que es imposible dilucidar totalmente el por qué, me parece interesante el ejercicio de conjeturar cuáles son las razones, partiendo de que lo primero que debe descartarse es que seamos un pueblo idiota o alienado.

Pablo Lemoine, del Centro Nacional de Consultoría, se lo explica diciendo que “la felicidad tiene mucho más que ver con la relación con tus hijos, con tus papás, con los amigos, que con los ingresos económicos”. “Colombia es un país muy familiar y eso pesa, hay países donde papás e hijos no se hablan” (El Tiempo, 7 de enero de 2018). Creo que Lemoine puede tener razón cuando opina que los encuestados piensan ante todo en cómo se sienten afectivamente en relación con su entorno más inmediato, y tal vez, agregaría yo, en su salud. La pregunta, entonces, sería: ¿en la felicidad de estas personas no incide para nada la situación de su país, por más penosa que esta sea? Y hago extensiva esta consideración a México, que pasa por una racha de violencia feroz, que expone a sus ciudadanos diariamente a las peores noticias e imágenes.

¿Será, tal vez, que estamos carcomidos por el individualismo? No, no creo, pues los colombianos en particular, tendemos a ser gregarios, fiesteros, extrovertidos. En cambio, podríamos decir que el colombiano promedio se siente desvinculado del aparato Estatal, de sus políticos, y, aventurándome un poco más, sobrepasado por una realidad hostil que pareciera perpetuarse sin esperanzas. Es triste decirlo, pero en buena parte de los colombianos, como consecuencia del abandono del Estado, de la politiquería y de la ineficacia de la justicia, lo que predomina es la desconfianza, la sensación de marginamiento y la indiferencia. Y no de ahora sino de siempre.

Cien años de soledad

girasoles
EPA/FRANK RUMPENHORST

Ya lo mostró García Márquez en Cien años de soledad, que no son otra cosa que cien años de olvido del centro respecto a la periferia y de los poderosos en relación con el pueblo raso. El abogado y politólogo Mauricio García Villegas rastrea, en su reciente libro El orden de la libertad, nuestro proceso desde la Colonia: “A lo largo de su historia, Colombia ha dejado la mayor parte de su territorio abandonado y a merced de toda suerte de poderes locales (clientelistas, guerrilleros, religiosos, mafiosos, latifundistas, etc.) que han sometido a la población, devastado los recursos naturales, desacreditado las instituciones oficiales y dilapidado los dineros públicos”. Como consecuencia de esto habrían aparecido “el vivo, el rebelde, el arrogante y el desamparado”, todos sobreviviendo o viviendo por encima de la ley.

El resultado de la desidia y la ambición de tantos gobernantes llenos de agallas, es el sálvese quien pueda. Y aquí podría empezarse un largo análisis, que por supuesto no puedo hacer, sobre la aparición de las guerrillas, el narcotráfico, la delincuencia común. Pero habría otra hipótesis posible: ¿Será, tal vez, que tender un velo sobre la violencia es una forma de resistir, de decir “yo soy, a pesar de todo, capaz de construir mi propia felicidad? Porque la verdad es que pocas veces nos sentimos nación, comunidad, sociedad cohesionada. Tal vez sólo cuando se nos agrede colectivamente desde el exterior, cuando sufrimos discriminación o estigmatización como pueblo. Y, con toda seguridad, como ya lo habrán adivinado, cuando juega la selección nacional de fútbol.

 

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