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Cuando la casa nos enferma: así afectan los problemas de vivienda

Plagas, humedades, pobreza energética, imposibilidad para pagar el alquiler, obstáculos que dificultan la vida de las personas con discapacidad… En España muchas personas viven en estas situaciones con las implicaciones para la salud que eso conlleva. Las personas con problemas de vivienda tienen 10 veces más riesgo de tener mala salud que la población general y presentan dos veces más un malestar grave a nivel psicológico. Son datos de un informe publicado por la asociación Provivienda, financiado por el Ministerio de Sanidad

Cuando la casa nos enferma: así afectan los problemas de vivienda
Ilustración extraída del informe "Cuando la casa nos enferma 2: Impactos en el bienestar social y emocional". Elaborada por Hey Moon! Studio

La vivienda es el espacio en el que se construye nuestra identidad. A través de ella se satisfacen necesidades directamente encaminadas a garantizar la calidad de vida, y las condiciones de esta y de su entorno pueden repercutir sobre la salud física y psicológica de las personas.

Así lo revela el informe de la asociación Provivienda, “Cuando la casa nos enferma II: Impactos en el bienestar social y emocional”, financiado por el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, cuyo fin es analizar la situación a nivel psicológico y social de las personas inmersas en procesos de vulnerabilidad o exclusión residencial.

Para su elaboración se ha llevado a cabo un estudio de las personas que participan en los programas de intervención que la asociación desarrolla en Madrid, Menorca, Alicante, Granada y Tenerife. Personas vulnerables que acumulan dificultades ante el acceso y/o mantenimiento de la vivienda.

Vivir de alquiler

Según un informe elaborado por la Fundación FOESSA, una de cada dos personas en situación de exclusión social en España reside en viviendas de alquiler. El número de personas que viven en este tipo de régimen ha aumentado en los últimos años -del 14,9 % en 2011 al 17,5 % en 2018-, y los precios también lo han hecho considerablemente.

Como se expone en el informe, los precios de la vivienda en alquiler, según el Banco de España, se han incrementado en torno al 50 % desde el año 2013. Una subida que puede suponer un recorte en el presupuesto para hacer frente a otras necesidades básicas, como mantener una dieta variada y equilibrada, el acceso a medicación o a una temperatura adecuada en el hogar.

Según la OMS, las dificultades para afrontar los gastos del hogar pueden generar ansiedad, preocupación y/o problemas de sueño y descanso. Además, la presencia de humedades, de insuficientes recursos para poder mantener la vivienda a una temperatura adecuada o la escasa luz natural aumentan el riesgo de problemas respiratorios o enfermedades esqueléticas y musculares.

Salud, vivienda y vulnerabilidad

Casi la mitad de la población vulnerable califica su situación económica como mala o muy mala (48,5 % frente al 12,7 % entre la población general).

La vulnerabilidad se manifiesta también en el estado de salud general autopercibido. La población vulnerable presenta una percepción mucho más negativa que la población ge­neral: un tercio reconoce tener un estado de salud regular, e incluso el 12,4 % considera su salud como mala o muy mala.

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Percepción de la salud general de la población vulnerable y la población general. Gráfico extraído del informe “Cuando la casa nos enferma 2: Impactos en el bienestar social y emocional”.

Entre la población vulnerable prevalecen las personas que residen en una vivienda de alquiler -un 53,3 %- seguido por las que lo hacen a través de una alquiler social – un 23,3 %-.

Cabe destacar la muy baja proporción de personas en propiedad y por el contrario, la mayor presencia de personas en situaciones más precarias o incluso no regularizadas: el 8,5 % están en una situación de ocupación y un 2,8 % subarrienda una habitación.

En cuanto al estado general de conservación y mantenimiento de las viviendas de la población vulnerable, es muy inferior al de la población general.

Casi dos de cada diez consideran que su casa está en mal o muy mal estado y esta proporción aumenta entre las personas que consideran que tienen mala salud (25,1 %), así como las personas con malestar emocional y psicológico grave (29,1 %).

El 34,5 % de la población vulnerable reconoce haber tenido problemas de plagas en el último año y el 35,9 % problemas de humedad o condensación en su vivienda. Proporción aún mayor en el caso de las personas con mala salud.

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Percepción de la influencia del entorno de la vivienda en la salud. Gráfico extraído del informe “Cuando la casa nos enferma 2: Impactos en el bienestar social y emocional”.

De manera general, su situación residencial se caracteriza por la inestabilidad. Muchas consideran su vivienda como algo temporal y otras tantas han tenido que abandonarla en algún momento de forma involuntaria.

Discapacidad y enfermedad discapacitante

En ocasiones, la enfermedad física lleva al empeoramiento del estado de la salud psicológi­ca. Otras veces, es la dimensión psicológica la que empeora los aspectos físicos. En esta relación, la vivienda adquiere una relevancia fundamental ya que las condiciones de la misma pueden mejorar (o empeorar) esta realidad.

Según los datos de la encuesta realizada por Provivienda, casi el 31 % de las personas vulnerables encuestadas presentan algún tipo de discapacidad o enfermedad discapacitante. Este grupo de perso­nas presenta niveles de malestar psicológico y mala salud  superiores al resto de personas vulnerables y población general. La mitad presenta malestar grave (50,3 %) y siete de cada diez perciben su estado de salud como malo o regular (71,4 %).

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Estado de salud general y psicológico de la población vulnerable con discapacidad. Gráfico extraído del informe “Cuando la casa nos enferma 2: Impactos en el bienestar social y emocional”.

Además, nos encontramos con la paradoja de que los hogares vulnerables con discapaci­dad residen en viviendas que no cuentan con las alternativas habitacionales específicas que necesitan, sin ascensor en muchos casos.

“Hay pocas situaciones tan incongruentes como una vivienda que se convierte en prisión de las personas que la habitan. Nuestra vivienda, a priori símbolo de refugio, del lugar en el que nos sentimos libres, de calidez… puede transformarse en un espacio que impida el desarrollo vital de la persona” (Fundación ONCE y Vía Libre).

Rebeca, una de las personas que han participado en este estudio, se encuentra en silla de ruedas. Relata el problema que se le plantea ante la no renovación del contrato de alquiler y la falta de alternativa residencial asequible y adaptada. “Estoy bastante enferma, tengo artritis reumatoide y he sufrido tres ictus…no uno, ¡tres!. Yo no puedo hacer vida normal como la podéis hacer vosotros y estamos muy preocupados por todo esto, muy nerviosos, ¿cómo puedo estar yo en la calle?”.

Familias monomarentales

El informe hace referencia a familias “monomarentales”, y no monoparentales, debido a que la inmensa mayoría (el 81,9 %) están encabezadas por una mujer.

Estas familias, que representan en torno al 10 % de los hogares en España (más de 1,8 millones), se enfrentan a una situación de desigualdad y desventaja. Las mujeres sufren la exclusión residencial como consecuencia, principalmente, del ejercicio de su rol social de cuidadora.

Para analizar la situación de vulnerabilidad social de las familias encabezadas por muje­res, es fundamental hacer referencia al concepto de “feminización de la pobreza”; la incidencia de la pobreza en las mujeres no sólo debe ser entendida desde la falta de recursos económicos, sino desde la falta de igualdad de oportunidades.

Las familias monomarentales son la estructura fa­miliar que soporta mayor riesgo de pobreza: el 42,9 %, frente al 21,5 % del conjunto de ho­gares en España.

Como revela el informe, según Eurostat una de cada cuatro madres solas vive en situación de pobreza se­vera, -un 23,9 % frente al 9,2 % del total de hogares-, es decir que una de cada cuatro madres con un menor de edad a cargo cuenta con menos de 640€ al mes para cubrir todos sus gastos.

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Estado de salud a nivel general y psicológico de los hogares “monomarentales”. Gráfico extraído del informe “Cuando la casa nos enferma 2: Impactos en el bienestar social y emocional”.

Otro factor de desigualdad asociado en parte a la presencia de niños, niñas y adolescentes en el hogar es la dificultad de equilibrar la vida familiar y laboral de las sustentadoras.

La conciliación de la vida personal y laboral es un aspecto fundamental que dificulta su entrada al mercado de trabajo en igualdad de oportunidades con otros tipos de hogares, y que tiene impacto directo en el bienestar de los hijos.

Fátima deja claro que con un empleo su situación mejoraría sustancialmente, pero la falta de redes de apoyo para el cuidado de sus hijas no le permite buscar activamente: “Me han llamado pero es que lo que voy a cobrar se lo voy a tener que pagar a la chica que va a cuidar de mis hijas. Dejo a la mayor a las 9 en la escuela y a la otra a las 9.30, tengo tiempo desde las 10:30 hasta las 14.30, pero encontrar un trabajo justo en ese horario… es difícil”.

Vivir solo, sentirse solo

En la actualidad, acceder a la vivienda es cada vez más difícil para la población más preca­ria y vulnerable en España. Para una persona sola, el acceso de manera independiente a una vivienda supone un lujo casi inalcanzable.

Según datos de la encuesta Provivienda 2019, cuatro de cada diez personas solas atendidas por la asociación califican su situación económica como mala (14,2 %) o muy mala (25,8 %), es decir, una diferencia de 29 puntos porcentuales respecto a las personas solas de la po­blación general.

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Comparativa de la percepción de soledad de los hogares vulnerables y no vulnerables. Gráfico extraído del informe “Cuando la casa nos enferma 2: Impactos en el bienestar social y emocional”.

Dos de cada diez personas solas están en riesgo de pobreza según el INE (2018). Esta situación afecta especialmente a las personas mayores de 65 años, personas enfermas con Pensión No Contributiva (PNC) o mujeres con pensiones de viudedad.

Como afirma Irene, trabajadora social de Provivenda en Alicante: “Aquí, en el centro hay muchas personas mayores, con pensiones muy bajitas, que no pueden acceder a ningún tipo de alquiler. Son gente que siempre han tenido su contrato de alquiler con su pareja, se han quedado viudas y… ya no pueden pagar”.

¿Y cómo afecta esto a su salud? Según datos de la encuesta Provivienda 2019, el 47,1 por ciento de los hogares unipersonales vul­nerables padecen una situación de malestar moderado o grave, sensiblemente superior a los unipersonales no vulnerables (13 puntos más). Uno de los motivos puede ser la mayor prevalencia de personas con una salud mala o regular (42,2 % frente al 9,8 % de las personas no vulnerables).

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