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Bótox: la nueva “arma química” contra el rechinar de dientes

Un nuevo post del blog “Salud y prevención” examina el bruxismo, que consiste en rechinar o apretar los dientes de forma involuntaria, e informa sobre la forma de combatirlo con la aplicación de la toxina botulínica como tratamiento

Bótox: la nueva “arma química” contra el rechinar de dientes

La toxina botulínica, conocida popularmente por el nombre comercial “Bótox”, tiene una curiosa historia. Tanto, que ha pasado de estar prohibida por la Convención sobre Armas Químicas a ser un recurso terapéutico para un creciente número de dolencias, en especial las de tipo neuromuscular. Una de sus aplicaciones médicas más recientes es como tratamiento del bruxismo o rechinar de dientes involuntario.

La bacteria que produce esta toxina se llama Clostridium Botulinum y fue aislada por primera vez en 1895. Causante de la enfermedad llamada botulismo, se trata de un bacilo extraordinariamente venenoso para el ser humano. De hecho, su uso fue prohibido por la Convención de Ginebra y la Convención sobre Armas Químicas. Entonces, ¿cómo algo tan letal dio el salto a los tratamientos estéticos primero, y a terapias médicas, después?

La clave está en cómo actúa. Los movimientos musculares, ya sean normales o patológicos, son causados por mensajes químicos que los nervios envían a los músculos, que responden contrayéndose. La toxina botulínica bloquea esos mensajes, de manera que, según dónde y cómo se administre el bótox, debilita la acción muscular, y puede así bien evitar las arrugas si se inyecta en los músculos de expresión facial bien suprimir o reducir los síntomas de determinados trastornos neuromusculares.

Un tratamiento eficaz contra el bruxismo

La toxina ha demostrado gran eficacia en el tratamiento de las distonías (cervicales, oromandibulares, faciales, etc.), el estrabismo, las migrañas o la sudoración excesiva en axilas, pies o manos, entre otras. Una de las dolencias que más recientemente se han beneficiado del bótox es el bruxismo.

Se denomina bruxismo al rechinar o apretar de dientes de forma involuntaria. Aunque en sí misma no es una dolencia grave, se trata de un desorden funcional bastante frecuente que puede tener efectos nocivos sobre otros aspectos de nuestra salud, como dolor de cabeza, insomnio, dolor dental, muscular y de oído, depresión, problemas dentales y de masticación, etc.”, explica la doctora Dolores Martínez Pérez, jefa del Servicio de Cirugía Oral y Maxilofacial del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz de Madrid.

Lo normal es que, a lo largo de 24 horas, una persona apriete los dientes de cuatro a diez minutos en total; una persona con bruxismo puede hacerlo durante cuatro horas, especialmente por la noche, cuando es más difícil de controlar”, añade.

Aproximadamente entre un 5 y un 20 % de la población presenta bruxismo habitual, aunque los exámenes bucales rutinarios sugieren que hasta el 78 % de los adultos muestra signos y síntomas de una afección que también se manifiesta desde la infancia en adelante.

Hasta ahora no conocemos del todo qué causa el bruxismo, pero sí sabemos que está asociado a situaciones de estrés o problemas emocionales, y también puede tener relación con la enfermedad periodontal, la postura al dormir, la mayor o menor capacidad de relajarse o factores genéticos”, explica la especialista de la Fundación Jiménez Díaz.

Hasta hace poco, el principal tratamiento para combatir sus síntomas consistía en la colocación de unos protectores bucales o aparatos (férulas) para el tratamiento del rechinamiento y apretamiento de los dientes y de los trastornos de la articulación de la mandíbula. “Aunque resultan eficaces, no son muy cómodos para el paciente, en especial a la hora de conciliar el sueño”, matiza la doctora Martínez Pérez, que apuesta abiertamente por el uso del bótox como alternativa.

La toxina botulínica se aplica de forma ambulatoria con pequeñas inyecciones en los músculos motores de la mandíbula. Esto reduce sus contracciones involuntarias, pero sin afectar en absoluto a la capacidad de masticar”, explica. “Aproximadamente 72 horas después, el paciente ya nota sus efectos, que pueden prolongarse entre cuatro y seis meses después de la sesión, lo que sin duda es una enorme ventaja sobre otros tratamientos como las férulas que requieren su uso diario”, subraya.

Como todo fármaco, el bótox puede tener efectos secundarios sobre los músculos inyectados que, en todo caso, suelen ser leves y desaparecen en poco tiempo.

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