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Por la boca enfermamos, por la boca nos curamos

“Por la boca hemos enfermado, por la boca nos curamos”. Así resume José su experiencia como miembro de la asociación Comedores Compulsivos Anónimos de Sevilla, que reúne a quienes padecen este trastorno alimenticio reconocido como enfermedad desde 2009 por la Organización Mundial de la Salud (OMS)

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Por la boca enfermamos, por la boca nos curamos
EFE/Rafael Díaz

Ocho años después de este reconocimiento, este problema no es comprendido por la sociedad ni detectado en muchas ocasiones por los médicos.

Así se explica el surgimiento de asociaciones de comedores compulsivos que, inspirados en el métodos de alcohólicos anónimos, consiguen reunir a personas que padecen esta enfermedad olvidada. No son especialistas, ni son un grupo de terapia. No juzgan. Solo comparten.

En Andalucía hay cinco de estas agrupaciones: en Cádiz, Málaga, Marbella, Granada y Sevilla, que reúnen a un centenar de integrantes, una pequeña muestra de todos los afectados.

José acude dos veces por semana a estas reuniones a la parroquia de San Gonzalo, en Triana (Sevilla).

Mercedes, quien también va, asegura: “Hay muchísima gente ahí fuera con este problema”.

Incomodidad, vergüenza, culpa y arrepentimiento

Las características de este también denominado “trastorno por atracón” son la desproporcionada velocidad y cantidad de comida ingerida, una acción a la que siguen sentimientos como incomodidad y vergüenza.

Carne nutrición
EFE/Luis Eduardo Noriega

Aunque la enfermedad comparte base con la anorexia y bulimia, tras el atracón no suele haber compensación por vómitos, que quedan sustituidos por culpa y arrepentimiento.

La comida se convierte entonces en obsesión y tapadera, como lo define Inma, que acude a estas reuniones desde noviembre pasado, y explica: “Con la comida te anestesias, te evades. Si tengo un problema, hoy como, y ya veré mañana. Escondes la realidad con la comida”.

La depresión y la existencia de conflictos psicológicos no resueltos son tierra fértil para la irrupción de esta enfermedad y la pérdida de un familiar, el estrés laboral o una ruptura sentimental pueden ser causas de este trastorno, aunque hay muchos otros motivos por lo que se puede acabar en él.

No es fácil para estas personas convivir en su día a día con esta enfermedad, coinciden los afectados. “Imagínate que tienes que estar 24 horas dentro de un cuerpo que no te hace feliz”, narra José, con este problema desde la adolescencia, una etapa de la vida más sensible para que esto suceda.

José, Ainhoa, Laura

Para José era todo un problema quedar con amigos, ir a la piscina o a la playa. “La enfermedad da sensaciones de soledad, no te ves preparado para salir”, añade. Llegó a estar un año sin salir de casa.

“Cada vez que voy a una boda, a una comunión, intento controlar las ganas de comer para evitar que la gente me vea”, relata otra afectada, Ainhoa.

atracones
EFE/Andy Rain

Todos demandan que especialistas y médicos sean conscientes de este trastorno. “Llevo yendo al endocrino 10 años, se queja Laura, que cuenta que los médicos deberían preguntar a los pacientes “por qué comen” y “si se sienten bien”.

Más apoyo y sensibilidad de los médicos

“Si el primer endocrino que tuve me hubiese dicho que tenía este problema, me hubiese ahorrado 20 años de sufrimiento”, lamenta Ainhoa.

Ante esta falta de apoyo médico, recurren a estas asociaciones de comedores compulsivos, donde comparten sus experiencias, se sienten comprendidos, se escuchan, y tratan de ayudarse mutuamente.

Todo desde el total anonimato. “Mi marido no sabe que vengo”, confiesa Ainhoa.

Los resultados son compartidos por todos; se abandona la vergüenza y los problemas se reducen, con lo que se avanza en adoptar otra actitud ante la comida.

“Ahora estoy disfrutando de cosas que en 40 años de mi vida no he hecho”, admite orgulloso José.

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