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La amniocentesis, una prueba diagnóstica en desuso

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La mujer embarazada se tumba boca arriba en la camilla de exploración, rodeada de una asepsia muy, muy rigurosa. La especialista extiende gel médico sobre su abdomen y, una vez que se ha controlado la ubicación exacta de la placenta, la posición del feto y el cordón umbilical, la ginecóloga realiza una punción transabdominal guiada por imagen ecográfica.

La aguja, finísima, atraviesa entonces el útero y todas las membranas del saco amniótico, donde se encuentra el feto rodeado y protegido por el líquido amniótico: se extraen, con suma delicadeza, alrededor de 15 centímetros cúbicos para analizar anomalías cromosómicas, genéticas o posibles infecciones y enfermedades.

“La amniocentesis es una prueba invasiva de diagnóstico prenatal que en la actualidad solo empleamos en casos complejos”, señala la doctora Carmen Sala Salmerón, ginecóloga y obstetra de la Clínica Gine-3 de Barcelona, experta en calidad de vida de la mujer.

“Ahora disponemos de otras técnicas vanguardistas que estudian, por ejemplo, las células fetales que circulan en el flujo sanguíneo materno, y los resultados son fiables en un nada desdeñable 95% de los casos; así evitamos, innecesariamente, entre un 0,3%,0,5% de posibilidades de generar un aborto espontáneo”, razona.

¿Y por qué se extrae líquido amniótico de la placenta?

El líquido del saco amniótico contiene cuantiosas células fetales (de la piel, riñones o intestinos) debido a que el futuro bebé evacúa sus excrementos a este fluido. El análisis de las muestras extraídas proporciona una información valiosísima sobre el desarrollo y la salud del feto.

“Buscamos alteraciones genéticas y cromosómicas, especialmente en embarazos con antecedentes familiares, que nos alertarán de forma precoz sobre síndromes como el de Down, el de Patau, el de Edwards o el de Turner”, dice la doctora Sala.

“También, porque se hayan observado malformaciones metabólicas, cardiopatías y defectos en el tubo neural -cerebro, columna vertebral y médula espinal-, como la espina bífida y la anencefalia, que se detectan en las revisiones periódicas durante la gestación, continúa.

“Además, se llevará a cabo si se sospechan infecciones parasitarias, como la toxoplasmosis o la sífilis congénita, y, en muy contadas ocasiones, durante el último trimestre, cuando advertimos que un bebé no se encuentra cómodo en el interior de la placenta y tenemos que observar su grado de madurez antes de proceder a su alumbramiento”, destaca.

Tampoco se descarta esta prueba diagnóstica para las mujeres embarazadas mayores de 35 años, ya que corren más riesgo de sufrir una alteración cromosómica, sobre todo en el par 21 causante del síndrome de Down.

Los riesgos calculados de la amniocentesis

La prueba diagnóstica puede engendrar una amnionitis -infección del líquido amniótico o de las membranas del saco que lo contiene-, por la flora epidérmica e intestinal; o puede provocar un poro en la bolsa amniótica y, consecuentemente, una rotura con pérdida de líquido: “Son dos situaciones que generan entre un 0,3% y un 0,5% de abortos espontáneos e interrupciones de embarazos”, informa la ginecóloga.

“El agujerito que produce el pinchazo en el saco amniótico se cierra solo, en la inmensa mayoría de los casos, en 24 o 48 horas; por eso, la mujer, debe guardar reposo absoluto después de la amniocentesis. Si no sucediera así, y perdiera líquido amniótico, podría acontecer la muerte fetal o que el bebé naciera con graves malformaciones esqueléticas”, subraya.

El examen de la amniocentesis se suele efectuar entre las 15 y 20 semanas de la gestación, en el segundo trimestre del embarazo. El material biológico extraído se vuelca en probetas estériles y se centrifuga para obtener líquidos y sedimentos -compuesto celular-, de los cuales se consiguen diferentes análisis y cultivos. Los resultados, con una fiabilidad cercana al 100%, tardarán entre tres y cuatro semanas; aunque ciertos datos se pueden adelantar y ofrecer en 24 horas.

“Hoy en día, la verdad, no utilizamos mucho la amniocentesis, ya que disponemos de técnicas de vanguardia en diagnóstico prenatal a través de la sangre materna que contenga células fetales (Test Prenatal No Invasivo). Este tipo de pruebas, que se llevan a cabo hacia la décima semana de gestación, cumplen sus objetivos con más de un 95% de fiabilidad y se puede estudiar la gran mayoría de las enfermedades genéticas y cromosómicas”, concluye la doctora Carmen Sala Salmerón.

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