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Un año radiante en la vida de Julia

La hemos visto dormida en la cuna, agarrada al pecho maternal, tumbada en el carrito de paseo, acomodada en los brazos o en las piernas de sus padres, tendida sobre la alfombra de los sonidos, formas y colores, gateando de aquí para allá, poniéndose de pie, yendo del sillón a la mesita y de la mesita al sillón, andando a trompicones por la casa, subiéndose a las sillas del salón y, doce meses después, caminando con entereza al lado de mamá y papá

Cuando Julia apagó su primera vela de cumpleaños, ahora ya tiene dieciséis meses, superó también uno de los hitos más relevantes en el desarrollo infantil: se acaba una etapa del crecimiento en la que el bebé pasa de entrar en contacto con el mundo a emplear sus cinco sentidos para descubrir todo lo que le rodea con una curiosidad extraordinaria.

Su madre, María Angustias Salmerón Ruiz, pediatra y especialista de la adolescencia del Hospital Universitario La Paz de Madrid, todavía recuerda, “como si fuera ayer”, el día en el que le pusieron a Julia sobre su pecho, uno de los momentos más importantes que ha vivido junto a su hija.

“Su cuerpecito, su olor, su calor… diría casi que hasta su sabor, aunque no sé si la llegué a rozar con mis labios. Se despertaron de golpe todos mis sentidos. Tampoco podré olvidar cuando buscó mi pecho y el día que se agarró a él. Fue el inicio de una relación muy especial y el comienzo del año más bonito de mi vida”, se sincera.

Del primer llanto al enésimo paso

Dar a luz conlleva, quizás, experimentar a continuación “el año más duro” de tu existencia, totalmente diferente a todo lo que se haya podido vivir hasta esa fecha.

“Cuando recobras las fuerzas en la cama del hospital y compruebas que tu bebé está fuerte y sano, ya que como buena pediatra siempre te lo planteas de antemano, empiezas a idealizar tu nueva vida; pero cuando llegas a casa te das de bruces con la realidad, que suele ser muy diferente a los sueños estereotipados que imaginas durante el embarazo”, opina la doctora.

En las primeras semanas prácticamente no se duerme nada y “el cansancio te vence por goleada”. La casa se llena de visitas de familiares y amigos.

“Apenas puedes atenderlos y siempre te ofrecen sus opiniones basadas en la veteranía: que si la debes coger cuando llore o no, que si tiene que dormir así o asá, que si… todo el mundo aporta su experiencia y llega un momento en el que te domina la confusión”, dice.

María Salmerón Ruiz, pediatra del Hospital La Paz, está sentada en un sillón con orejeras y lee un libro, de color mostaza, ilustrado con animales, que suele deletrear a su hija Julia, de un año de edad
María Salmerón repasa los sonidos de los animales.

Con el paso de las horas, del día a día, y de las semanas, se van completando las páginas del libro de ‘autoayuda‘ con las instrucciones del bebé… uno que se escribe con tinta de sudor y lágrimas, y que no se puede comprar en las librerías.

Tardé algunos meses en darme cuenta. Quienes mejor podríamos saber qué hacer con mi hija éramos su padre y yo, ya que pasábamos todo el tiempo con ella y éramos quienes conocíamos realmente sus necesidades. Aprendí a seguir mi instinto, y el instinto siempre te indica lo mejor para tu bebé. Por muchas lecturas especializadas que devores y por muchos consejos que escuches, nada mejor que dejarte llevar por la intuición”, afirma.

Aún así, la mamá y el papá de Julia tropezaron con un obstáculo invisible.

“La niña empezó a sufrir; a llorar día y noche. Se estancó en el peso y en la talla. Desconocíamos la causa y la vida nos empezó a mostrar su amargura. La consulta del pediatra empezó a ser uno más de la familia, hasta que un buen día descubrimos sangre en las deposiciones de nuestra hija. Julia era intolerante a las proteínas de la leche de vaca“, explica.

Un dibujo de una vaca lechera que forma parte de un libro ilustrado sobre sonidos de animales domésticos y salvajes
La vaca muge

Entonces, las dudas se transformaron en certezas y, poco a poco, todo volvió a la normalidad.

Durante estos primeros meses, la lactancia materna fue “su gran ayuda” a pesar de ese periodo tan difícil de la intolerancia a la leche, que le obligó, incluso, a dejar de tomarla ella misma para no afectar a su hija.

La lactancia constituyó una de las rutinas más fascinantes. En la intimidad, con tu bebé al pecho, te das cuenta de que no solo sirve para alimentar a tu hija, sino que es una parte de ti que le da cariño, calor, confort, seguridad… es mucho más que una comida, por muy necesaria que sea ésta”, considera.

Julia fue creciendo y creciendo. Descubrieron sus sonrisas, sus primeros balbuceos… cada día interactuaba algo más. Luego llegó la hora de que “la mamá” se reincorporara al trabajo.

Para mí fue un momento realmente difícil. Te quedas sin tiempo y absolutamente desorientada. Llegué a mi consulta del hospital y no puede concentrarme en nada. Tienes la sensación de que se te ha olvidado todo lo que sabías. Mi mente estaba en casa… y tu vida gira en torno al sacaleches si estás con la lactancia materna. Además, llegas tarde a todas las citas. Tienes las sensación de que no eres tú y te preguntas qué te ha pasado“, rememora la doctora Salmerón.

El padre de Julia, de un año de edad, balancea a su hija, que está sentada a los lomos de un caballito de madera.
Julia y su padre juegan al caballito de madera.

Pero al final, todas las piezas del puzzle encajan en el tablero de tu nueva vida. Te convences de que “puedes ser madre a la vez que una buena profesional“.

Otra de las fases más interesantes acontece cuando se introducen en la dieta diaria otros alimentos distintos a la leche materna o al biberón del preparado lácteo.

“No le hicimos comida en puré. Le dimos trocitos muy pequeños de carne y pescado, o de verduras, siempre adaptados a su capacidad de masticación. Empezó por llevarse los alimentos a la boca, a tocarlos, a olerlos, a sentirlos en el paladar… exploró así nuevos sabores, otros olores, texturas y colores”, detalla.

Y continúa creciendo… y tocando… e indagando…

Hasta el infinito y más allá

Con Julia, la verdad, siempre se percibe que sucede algo maravilloso. Cada vez que descubre una novedad en su entorno, como un micrófono de la Agencia EFE, admira su hallazgo y dice: “Papá… mamá“… o nos mira a tod@s con sus ojos rebosantes de comunicación.

“A pesar de que ya es mucho más independiente, de verla crecer y de narrar cómo va dando sus primeros pasos, sigo sintiendo que es un bebé, mi bebé; como si acabara de nacer“, confiesa María.

Por Julia y por todos los bebés de su quinta, y todos los están por nacer, La doctora Salmerón espera que estos doce capítulos (+uno) nos hayan servido para comprender mejor el desarrollo de un recién nacido y, al menos, nos hayan hecho disfrutar.

María y Julia se despiden… ¡hasta la vista!

“Mi principal objetivo durante estos doce meses ha sido transmitir que aún siendo pediatra he tenido millones de dudas, que en la crianza de un hijo no hay libro que te guíe, que al final cada madre y cada padre tienen que llevar a cabo las acciones que se vayan necesitando para ir consolidando la familia a todos los niveles… y que no pasa nada por equivocarse. Uno se equivoca mil veces y lo importante es hacerlo con todo el cariño del mundo“.

Una vez más, se dirige al objetivo de la cámara, donde nos encuentra, y nos sugiere:

Disfrutad de cada segundo con vuestro bebé, ya que cada momento es único… si no reaccionas a tiempo, tu bebé se convierte en un niño y el niño en un adolescente y tendrás la sensación de haberte perdido todo ese tiempo… Espero que compartáis conmigo que lo más bonito es ver crecer a un hijo, que es de lo que se trata la crianza”, dice con serenidad María, la mamá pediatra.

A Julia le quedan muchos años de infancia, de adolescencia, de eterna juventud… y algún día será una mujer que recordará con cierta nostalgia las fotos de su niñez, junto a su familia; pero seguro que también evocará esta docena de reportajes y vídeos de su primer año de vida, todos y cada uno de ellos escritos con ternura y grabados con cariño… imágenes y palabras que ya están guardadas en el corazón periodístico de efesalud.

La doctora Salmerón publica un blog: “Mi mamá ya no es pediatra”

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