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Adiós, coronavirus, encantado de no haberte conocido

Nuestro compañero de la redacción de Deportes de EFE Carlos de Torres narra en primera persona su experiencia con el coronavirus. Un acercamiento felizmente frustado. Carlos ha permanecido tres días en cuarentena en un hotel de Abu Dabi, donde viajó para realizar la cobertura del Tour ciclista de los Emiratos Árabes. Dos casos de coronavirus en uno de los equipos ciclistas obligó a la suspensión de la prueba y al aislamiento obligado de equipos, organización y periodistas

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Imagen de la ciudad de Codogno, aislada por el coronavirus/EFE/EPA/MATTEO CORNER

Adiós, coronavirus, encantado de no haberte conocido

Carlos de Torres

Tres días en cuarentena viendo desde la habitación cómo algunos jugaban al golf, aislado como un enfermo contagioso de hospital; unas pruebas fugaces de enfermeros blindados que te meten un bastoncillo por la nariz; dos chicas atrapadas en los sillones de la recepción. Recuerdos del Tour ciclista de los Emiratos Árabes.

Las problemas rebotan sobre la propia piel cuando no te afectan de manera directa. El pasado 21 de febrero, nada más llegar a Dubai la caravana del Tour, el debate mundial era el coronavirus, pero afectaba a lugares lejanos.

Estábamos a salvo, lejos del lío, pero la tarde del 27, ese “problema” se coloca una máscara monstruosa y propina un buen susto a la caravana ciclista. En pocos minutos todo cambió.

Dos de los hoteles más lujosos de Abu Dabi, en la zona de Marina Island, se iban a convertir en hospitales. Dos casos de coronavirus detectados en un equipo ciclista obligó a la suspensión del Tour y al inicio de una cuarentena para equipos, organización y periodistas. La razón: dos mecánicos del UAE dieron positivo.

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El periodista de deportes de la Agencia EFE Carlos de Torres en Abu Dabi donde el Tour de Ciclismo de los Emiratos Árabes quedó suspendido por dos casos de coronavirus. Foto cedida

Los hoteles se cierran. La familia ciclista, dentro y con la orden de no salir de las habitaciones. Los clientes perdiendo los vuelos y otros condenados a visitar solo las instalaciones del hotel.

Una boda se mostraba ajena al coronavirus; la danza del vientre sonaba por todo el hotel. ¡¡¡Vivan los novios!!!

El bar estaba repleto y sus clientes más preocupados por pasar un buen rato, copa en mano, que de lo que se cocía en la planta superior.

Mientras, se anunciaba que la carrera había terminado y que la clasificación se ajustaba a la quinta y última etapa, es decir, que Adam Yates, un chico británico, se llevaba el triunfo ahorrándose dos etapas.

Los controles del coronavirus empezaron en el Hotel Yas Marina la noche del 27. Corredores, auxiliares y todos aquellos relacionados con la carrera debían pasar ante los médicos cubiertos con batas azules y con mascarillas.

Cumplieron con el trámite más de la mitad, la otra para el día siguiente. Balance: 2 positivos, mecánicos del UAE.

A 500 metros llegó la noticia acompañada de la prohibición estricta de no abandonar las habitaciones y cumplir las órdenes que se iban a recibir vía correo y WhatsApp. Todos arriba, a dormir.

El hotel quedó vacío y solo algunos empleados seguían cumpliendo con su deber. Destacaban un par de chicas ocupando sendos sillones que tal vez no tuvieron la misma información que el resto y bajaron tarde de alguna habitación. Se encontraron con las puertas cerradas a cal y canto.

En este país las órdenes sanitarias son estrictas. Tocaba vivir en 15 metros cuadrados, algunos con vistas al mar y a un selecto campo de golf con clientes distinguidos, dotados de su caddie y su cochecito para no cansarse entre hoyo y hoyo.

Los golfistas se encontraron, de repente, con un público inesperado: el de los afectados por la cuarentena del coronavirus, que hastiados de una vida provisionalmente privada de libertad de movimientos, disfrutaban de las dudosas habilidades de los usuarios del inmenso tapete verde. Al menos, algunos aplausos lejanos se llevaron.

Muchas horas de espera como para no repasar los canales de TV, leer, mirar internet… y estar a la última de cómo avanzaba el dichoso virus.

Toc, toc: la comida. Un empleado estira el brazo nada más abrirse la puerta para entregar una bolsa de papel y comida de picnic. Nada de preguntas. Nada más soltar la bolsa de su mano, el desmarque no tuvo nada que envidiar en velocidad al de Messi. ¿Tanto miedo puedo dar? Uno se sentía un ser peligroso. Lógico, dadas las circunstancias.

A media tarde nuevos mensajes repitiendo lo que ya sabíamos. Nada de abandonar las habitaciones, esperar órdenes en la estancia. Los paseos quedaban para la parcela clandestina, que la hubo, aunque a veces te enseñaran la “tarjeta amarilla”.

Solo las inquilinas del los sillones de recepción resistían cerca de la puerta del hotel, atrancada con una barrera de sendas barras y ancho cordón rojo.

La cena. ¡Ay, la cena! Ese restaurante vacío de tardes inolvidables… Todo quedaba reducido a otra bolsita de papel como para ir de excursión. Auténtica delicatessen para combatir la incertidumbre del coronavirus.

Cerca estaban los campeones con los que hablábamos unas horas antes. Nada menos que Chris Froome, lamentando la suspensión del Tour, pero anteponiendo la salud de todos, o Alejandro Valverde, un campeón del Mundo… todos en una situación que no distingue entre ganadores y perdedores, todos potenciales infectados de un virus loco.

Los corredores pasaron sus controles. En su hotel, todos sanos, menos los dos mecánicos que causaron la alarma. Los componentes de la organización y periodistas tomaron el relevo de los ciclistas para pasar el control. Por turnos y con pasaporte, fuimos bajando al piso LG.

Una sala enorme, profunda, fue el escenario de la consulta improvisada. Médicos y sanitarios vestidos con bata larga azul, dotados de mascarilla y aparatos diversos, dieron la bienvenida a los nuevos clientes, sentados en fila lateral.

“¿Tiene usted fiebre? ¿Tiene tos? Pase al fondo”. Una puerta se abre y allí hay dos sillas. “Siéntese y cabeza atrás”. El enfermero introduce un bastoncillo en cada fosa nasal y listo. Asunto terminado. Rocían tus manos con jabón líquido y directo a la guarida.

Comienza una nueva fase, la de la espera de los resultados, como ese estudiante que se ha jugado el curso a un examen y le comen los nervios. Más habitación, más bolsas de papel, ahora con algún bomboncito, zumos, bocatas….

En algún paseo clandestino da tiempo a conocer a un pizzero español mallorquín que cuenta secretos para hacer la mejor pizza del mundo. Pero eso no se puede contar. Alguno se llevaría una sorpresa.

La promesa de publicar los resultados se retrasa. Las 15.00 horas y nada. Las 18.00, y tampoco. El vuelo sale el domingo a las 07.00. Hay margen, pero no mucho. La organización anuncia que las “notas” saldrán de forma inminente y que con la acreditación de “persona sana” se podrá volar de vuelta a casa. Nervios. Qué no pase nada, por favor..

Sintonía de móvil. Al habla el cónsul español en los Emiratos. “Los periodistas españoles podéis volver a casa. Estáis sanos”. Ufff.. Alivio. Doy negativo. Adiós coronavirus, encantado de no haberte conocido. El hotel va recobrando la normalidad. Incluso los sillones de recepción quedan libres.

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