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La soledad estéril del espermatozoide

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La doctora Carmen Sala Salmerón, ginecóloga y obstetra de la Clínica Gine-3 de la ciudad Condal, introduce en su videoblog la figura, el carácter y las peculiaridades del espermatozoide, coprotagonista masculino de la reproducción humana, con el fin de evaluar su grado de responsabilidad en los casos imprevistos de esterilidad femenina durante la ovulación.

Los gametocitos, ocultos en los testículos, son depositados en la vagina tras la eyaculación del semen. Luego tienen que atravesar el peliagudo cérvix, el grandioso útero y alcanzar una de las dos trompas de Falopio por sus propios medios. Los que lo consigan se encontrarán, al menos, con un ovocito y tendrán que enfrentarse al reto sobrenatural de fecundarlo.

Después de un esfuerzo titánico, solo uno de ellos tendrá éxito y será el que se lleve el orgullo de servir con placer infinito a su destino: formar el cigoto, unión celular que es el origen de una nueva vida… pero en un 40% de los casos los espermatozoides fracasan. No obtienen su premio tan deseado, el embarazo.

Millones de espermatozoides, millones de frustraciones

Una eyaculación de semen normal contiene entre uno y cinco mililitros de líquido viscoso formado a su vez por plasma seminal y un 5% o 10% de espermatozoides. El número de gametocitos ronda los 250 millones en cada eyaculación y recorrerán una distancia de entre 17 y 25 centímetros.

Cada espermatozoide, de un tamaño medio de 0,09 milímetros, afronta su aventura reproductiva, teóricamente, en las mismas condiciones que el resto de sus competidores.

Imagen de un espermatozoide humano.
Cabeza en forma de punta de lanza redondeada, donde se encuentra el ADN; cuello repleto de mitocondrias que le dota de energía suficiente para la carrera de obstáculos o para atravesar la cubierta del óvulo -pelúcida-; y cola muy larga, llamada flagelo, de gran resistencia y movilidad, con la que consigue desplazarse 3 milímetros por minuto.
Se calcula que un hombre producirá alrededor de 525.000 millones de espermatozoides a lo largo de su vida.

Estos datos sugieren no solo el cuantioso número de “triatletas” que se van a quedar en el camino de la fertilidad, sino que serán los biólogos, los investigadores o los especialistas en reproducción asistida los que tendrán que contar el número de potenciales bajas antes de la meta o escudriñar el estado físico de cada uno los 23 cromosomas que los conforman.

“La prueba diagnóstica del espermograma analiza con absoluta precisión la cantidad y la calidad del semen masculino, más el plasma seminal que lo acompaña, para comprobar si el varón tiene más o menos posibilidades, todas o ninguna, de aportar el 50% de la carga genética del cigoto”, dice la Dra. Carmen Sala.

El semen a investigar se entrega en el laboratorio. El futuro padre se aísla en una habitación para masturbarse una sola vez, eyacular y depositar el esperma en un recipiente especial, estéril, y previamente calentado a la temperatura corporal.

Según la Organización Mundial de la Salud, la prueba se tiene que llevar a cabo tras varios días de abstinencia sexual. Además, es necesario que el varón no haya estado enfermo durante los últimos 30 días.

También, que no haya bebido alcohol, al menos en los cuatro días anteriores al examen, y tampoco haya consumido drogas en un periodo mínimo de cuatro semanas.

“Cuando una pareja entra en una consulta de ginecología explicando que por mucho que lo intentan no consiguen un embarazo, el espermograma debe ser el primer examen que se pida para descartar o confirmar el grado de esterilidad en el varón”, señala .

De acuerdo con los últimos estudios, una de cada seis parejas tienen problemas de infertilidad y el 40% de los problemas son atribuibles al hombre, el 40% en la mujer y el 20% tienen causa mixta.

La edad es el factor que más condiciona la fertilidad en ambos sexos, ya que, aunque el hombre produce espermatozoides prácticamente durante toda su vida, con el tiempo, se hacen más escasos y pierden su capacidad reproductiva.

Varios espermatozoides humanos.
Un esperma normal debe contener más de 20 millones de espermatozoides por mililitro de semen eyaculado. EPA/EFE

Se considera oligozoospermia moderada o severa cuando la cantidad va de 10 a 15  y de 0,1 a 10 millones por mililitro, respectivamente. El semen sería de baja calidad. Si se computan menos de 100.000 valientes se denominaría criptozoospermia, un factor de esterilidad. Cuando no hay presencia de esperma en el semen nos encontramos ante un caso de azoospermia.

También hay que tener en cuenta su movilidad, su vitalidad y su morfología.

“Están los rápidos, los lentos, los que solo colean y progresan haciendo desplazamientos circulares… y los que están parados. Un semen normal contendrá al menos un 50% espermatozoides vivos entre rápidos y lentos. Su morfología correcta (sin dos cabezas o dos colas) tiene que ser superior al 40% del total.

Además, influyen el PH, la presencia de aglutinantes y de sangre en la viscosidad.

“Pero ahí no se acaban las pruebas varoniles -advierte la doctora-. Insistimos cuando la mujer ha sufrido más de dos abortos, cuando existen fallos de implantación en el útero, cuando tenga otro hijo con algún tipo de cromosomopatía o cuando el esperma se clasifique como oligoteratozoospermia, es decir, que están afectados tres parámetros del semen eyaculado: la concentración, la movilidad y la morfología”.

Los tres análisis suplementarios serían:

Test de REM, que analiza la capacidad de recuperación de los espermatozoides verdaderamente útiles. Test de FISH, que evalúa sus características cromosómicas. Y Test de Fragmentación, que estudia cuánto ADN está dañado,  puesto que las células germinales son muy vulnerables”, relaciona.

Para la doctora Carmen Sala, especialista en calidad de vida de la mujer, “los hombres tienen que colaborar de buen grado en los diferentes estudios de esterilidad. Al ovocito siempre se le ha considerado protagonista de lo bueno y de lo malo, y ya es hora de que el gametocito comparta ambos protagonismos.

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