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¿Nacemos libres o con microbios?

Mientras que las células del feto se multiplican segundo a segundo en el útero, millones y millones de bacterias de la madre, cuando no microbios ambientales, aguardan impacientes para colonizar al nuevo ser humano, simbiosis materno-infantil que estudia al microscopio el profesor Luis Alberto Moreno Aznar, catedrático de Metodología de Investigación de la Universidad de Zaragoza

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Se debe considerar que el feto se encuentra estéril durante el embarazo, libre de microorganismos; sin embargo, la madre no deja de tener una microbiota intestinal adulta que continúa absorbiendo nutrientes, fabricando una serie de sustancias, como la vitamina K, o defendiéndola implacablemente contra los agentes patógenos internos y externos que se cruzan por su camino.

La madre condiciona la respuesta inmunológica del futuro bebé y por eso investigadores como el doctor Moreno Aznar están tan interesados en el “efecto potencial de la microbiota intestinal en la salud del niño y, posteriormente, en la fortaleza corporal de la etapa adulta frente a las enfermedades”.

De hecho, algunos estudios apuntan a que el líquido amniótico que rodea al embrión y al feto podría contener bacterias que desempeñarían un papel esencial en el diseño inmunológico y su primera respuesta ante el nacimiento.

Según muestra otro experimento basado en ratones libres de gérmenes, liderado por la Universidad McMaster de Canadá, en el que ha participado el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España, la separación del bebé de la madre podría provocar alteraciones en la microbiota intestinal que a su vez puede causar ciertos trastornos del comportamiento, incluso enfermedades metabólicas, que persisten hasta la edad adulta.

Así naces, así son tus bacterias

En el momento del parto se produce una colonización rápida y muy importante del aparato digestivo del bebé. Es una invasión microbiana en toda regla que va a depender fundamentalmente del tipo de nacimiento: salida natural por el útero o salida quirúrgica del útero a través de la pared abdominal.

“Si el nacimiento se produce por vía vaginal, el contacto sustancial se realizará con la microbiota de la piel  y de la flora maternal; por contra, si el nacimiento es por cesárea, el recién nacido entrará en contacto, sobre todo, con los gérmenes buenos y malos que existan en el centro hospitalario, desde sábanas a motas de polvo, pasando por los que porten los profesionales sanitarios”, dice el doctor Moreno Aznar.

Y al nacer, el bebé puede recibir lactancia materna o no; y se sabe que en la leche de la madre existen bacterias que juegan un papel decisivo en cuanto al desarrollo y la modulación del metabolismo del recién nacido.

Constituye la base de una microbiota sana y aporta hasta 200 tipos de carbohidratos, glúcidos muy nutritivos para el bebé.

“Por el contrario, las fórmulas o preparados de alimentación artificial que existen en el mercado no disponen de ese conjunto de bacterias y, por lo tanto, el efecto modulador de la inmunidad y de otras funciones metabólicas es muy distinto”, expone el catedrático.

“Se sabe, además, que los primeros días de la vida son críticos en cuanto a la modulación del metabolismo del niño -continúa- que va a condicionar su salud no solo en esas primeras etapas de la vida, sino en su desarrollo ulterior”.

A partir de los dos años de vida, la colonización se va estabilizando poco a poco salvo que se produzcan cambios bruscos en el régimen alimenticio, en el entorno ambiental o intermedien los antibióticos, como en la vejez, situaciones en las que las bacterias se pueden alterar de forma drástica.

La pérdida de diversidad microbiana explicaría reacciones como la alergia o la celiaquía, que serían la respuesta de nuestro organismo a bacterias que recibimos del ambiente y no son habituales en nuestro cuerpo. Las personas con un microbioma más activo metabólicamente y con más riqueza genética están más sanas.

Varias mujeres, sentadas las unas junto a las otras en un acto público vindicativo, amamantan a sus bebés en Paraguay
Varias mujeres amamantan a sus bebés en Paraguay. EFE / Andrés Cristaldo

La microbiota cumple así un círculo virtuoso: “la alimentación de la madre condiciona a su propio microbioma intestinal y éste a la inmunidad del feto y del recién nacido”, fija el también presidente del Instituto Danone.

La nutrición de mujeres y hombres, de niños y niñas, de jóvenes y adolescentes, debe ser a base de  productos derivados de los cereales, de mucha fruta, verdura y legumbres, de pescado, de algo de carne sin grasa, de agua o un vaso de vino tinto en las comidas, evitando los refrescos azucarados y el alcohol, y al menos con un yogur o lácteo equilibrado al día.

En resumen, se puede afirmar que la leche materna protege a los bebés de las enfermedades, que lo que es bueno para el intestino es bueno para nuestros órganos vitales o el mismísimo cerebro, algo que constituye una línea de investigación contra el cáncer de colon e hígado, la enfermedad de Crohn o el autismo; y, finalmente, que, al nacer, al crecer y al desarrollarnos, somos y seremos lo que comemos.

Este artículo se ha fundamentado en el curso de la UIMP “Microbiota y enfermedades crónicas relacionadas con la nutrición” que se impartió a primeros de julio de 2015 en Santander durante la XVI Escuela de Nutrición “Francisco Grande Covián”.

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